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martes, 15 de noviembre de 2011

¿Cortar y tirar?

Cuestiona el científico Emiliano Bruner, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), en Burgos, España, quien busca determinar la función de la arteria meníngea media, desechada por los neurocirujanos cuando realizan una intervención quirúrgica cerebral. Sentar las bases para un análisis multidisciplinar en los cráneos fósiles, que ofrezca nuevos datos sobre las especies homínidas, es otro de los estudios que se desarrolla en esta institución.

Por Flor de Paz. Fotos: Cortesía del entrevistado.
El cráneo guarda en su estructura las huellas del cerebro que cobijó. Las trazas fosilizadas del encéfalo perpetúan las formas de lo perecedero, tal como el suelo conserva las pisadas de los dinosaurios o del andar bípedo de los Australopithecus de Laetoli .

Son estas, evidencias de un mundo incógnito y lejano que los científicos pugnan por decodificar en el camino de construir el conocimiento. La historia humana es una enciclopedia inconclusa, dependiente de la ciencia y la tecnología. Los métodos de imágenes digitales biomédicas bregan hoy prometedores en ese proceso de búsqueda.

Surgidos desde los años 70 del pasado siglo, alcanzaron dos décadas después resoluciones útiles para la medicina y las neurociencias; pero la posterior irrupción de los estudios moleculares desplazó a los anatómicos y morfológicos y, como resultado, la macro anatomía vascular de nuestro cerebro es todavía desconocida.

Con el esbozo de esta paradoja de la ciencia contemporánea comienza mi diálogo con el científico italiano Emiliano Bruner, Doctor en Biología animal y responsable del Grupo de Investigación en Paleoneurobiología de Homínidos, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), en Burgos, España.

Sin preámbulos, mi interlocutor define a la Paleoneurología como “el estudio de las variaciones anatómicas del neurocráneo y de la relación funcional y de estructura cerebro-cráneo, nexo que es como una especie de red fisiológica, arquitectural, entre el encéfalo y su estructura ósea. Ambos tejidos se influyen mutuamente y uno moldea al otro”.

El sujeto muere y su cerebro se pierde –agrega Bruner–, pero queda el neurocráneo. Evoluciones, arterias, venas y, por supuesto la forma cerebral, quedan impresas en la parte interna de esta estructura ósea.

Mapa térmico digital
Sin embargo, las investigaciones sobre evolución cerebral realizadas hasta ahora apenas han trascendido el dato de la capacidad craneal como medida del desarrollo de los homínidos, “una referencia cuantitativa bastante cruda”. A la hora de repasar qué transformaciones ha sufrido el cerebro durante el proceso evolutivo, “aporta mucho más el estudio de la estructura espacial de este órgano y la observación de cómo a nivel geométrico se colocan o regulan territorialmente sus componentes. Del análisis de los moldes endocraneales pueden inferirse estos datos”.

Difícil es fundir en materiales como yeso o plástico el positivo de la cavidad craneal sin destruirla y sin dañar sus estructuras internas, pero esa dificultad fue superada con la llegada de la tomografía computarizada y de la denominada anatomía digital. “A través de ellas han podido ser reconstruidas morfologías de fósiles, e internas de todo tipo, incluida la del mondo endocraneal”.


La tomografía computarizada permite escanear los fósiles (en este caso, un cráneo de Australopithecus) obteniendo secciones densito métricas que pueden ser analizadas y manipuladas mediante los instrumentos de análisis de imagen biomédicos, y reconstruir así volúmenes y superficies internas como las endocraneales.
Otro avance ha sido esencial para el desarrollo de la paleoneurobiología: el surgimiento de la geometría multivariante. “Con esta herramienta se desarrollan modelos numéricos de las relaciones espaciales capaces de mostrar las variaciones de los rasgos del cráneo y sus correlaciones. La combinación entre esta tecnología y la tomografía computarizada (obtiene datos y reconstruye anatomías digitales) viabiliza el estudio del vínculo cráneo-cerebro en los fósiles”, precisa el científico.

Huesos craneales de humanos modernos y arcaicos, de Australopithecus y Neandertales, componen buena parte del “banco” digital de Emiliano Bruner. Y la colección crece, porque ahora, además de incrementar la representación de sapiens actuales y de fósiles ha incluido para el estudio a primates no humanos.

    Las reconstrucciones digitales proporcionan las informaciones anatómicas acerca de las estructuras endocraneales, tanto de los componentes morfológicos individuales como de su organización arquitectónica. Las relaciones geométricas y físicas entre estos componentes pueden analizarse recurriendo a modelos numéricos que consideran las correlaciones entre las partes para proporcionar interpretaciones integradas acerca de la variación espacial interna del sistema anatómico.
“Transitamos en estos momentos a la etapa de cuantificación de los datos. Posteriormente mezclaremos los análisis sobre forma (relaciones espaciales), gestión térmica y sistema vascular cerebrales para ver las posibles relaciones entre estos componentes y sus variaciones a lo largo de la evolución humana”.

Una arteria gigante
Los humanos tenemos un cerebro que consume el 20 por ciento de la energía del cuerpo y desconocemos cómo se despliega esa gestión. Pero, además, ¿cómo hemos podido desarrollar un cerebro que `quema´ y no contamos con un sistema de enfriamiento?”, cuestiona el Doctor Bruner.


Angiotomografía de la arteria meníngea media


Basándose en esta interrogante de la paleoneurobiología el científico concentra su atención en la arteria meníngea media, “un sistema vascular que se interpone entre cerebro y cráneo y que ha dejado huellas en los fósiles, aunque con una menor complejidad que en los humanos modernos”.

Poco se sabe de esta estructura anatómica. “Desconocemos cómo se desarrolla, para qué sirve y cuál es su evolución filogénetica. Es una arteria gigante, un complejo de vasos muy grande que rodea el cerebro ¡Para algo servirá!

“No obstante, los neurocirujanos la cortan y la botan cuando hacen operaciones en el cerebro, porque, según ellos, `no sirve para nada´. Pero desde la perspectiva evolutiva esto de que `no sirve en absoluto´ es un poco raro. Si se ha generado todo ese conjunto alguna función ha de tener, y lo estamos investigando”, acota el científico.

La angiotomografía, una técnica biomédica de análisis de imágenes, que a través de un medio de contraste inyectable permite localizar en humanos vivos sus conjuntos arteriales, es una de las herramientas que los investigadores del CENIEH están utilizando en la ejecución de este estudio. Así han conseguido observar las relaciones entre las arterias meníngeas (que rodean el cerebro) y las cerebrales.

Otros instrumentos que Bruner y su equipo han puesto en beneficio de su objetivo científico son los modelos térmicos de distribución del calor, tecnología capaz de mostrar esta variable en los fósiles, a partir de la modificación en la forma del cerebro a lo largo de la evolución humana entre las diferentes especies.

“Desde las dos perspectivas anteriores (la evaluación de cómo se reparte la sangre en los conjuntos arteriales internos y externos del cerebro y la distribución del calor en un cerebro que cambia de forma), pretendemos determinar cuál es la función del conjunto arterial meníngeo medio, cómo funciona y por qué ha evolucionado de esta forma.

“Hasta el momento tenemos un resultado curioso: por estos vasos, importantes en la evolución, no pasa sangre en los adultos. De manera que estamos valorando tres hipótesis: solo tienen valor en la juventud o en la niñez y luego ya no sirven; nada más son útiles en situaciones de emergencia (me pongo a correr y se enciende el `radiador´) o ya no tienen una función vascular sino de protección (cubren el área cerebral que más se pega a la pared del cráneo).

“Estamos buscando las respuestas a estas interrogantes. El resultado tendrá repercusión en la medicina y en la paleontología. Es mejor saber para qué sirven los vasos de nuestro cerebro ¿No?”


[1] Las huellas de Laetoli, Tanzania, son la evidencia de un tipo de locomoción perfectamente bípeda hace 3,5 millones de años. En el mismo yacimiento, aunque en otros niveles, se han encontrado restos de Australopithecus afarensis, por lo que se cree que el autor de estas huellas sería esta especie (Carbonell, E. (coord.), Homínidos: las primeras ocupaciones de los continentes)


viernes, 11 de noviembre de 2011

El controvertido primer americano

Las probables rutas seguidas para llegar a América y el modo en que se produjo su colonización primigenia avivan constantes polémicas científicas. En torno a ese proceso, el doctor Alejandro Terrazas, de la Universidad Autónoma de México, esgrime una visión reveladora de mayores complejidades acerca del poblamiento del continente


Por Flor de Paz

No sabían los primeros humanos que atravesaron el estrecho de Bering que habían llegado al único continente deshabitado del planeta, aunque el desafío de un ecosistema desconocido y diferente les hiciera intuir el advenimiento de un “mundo nuevo”.

Entre 40 mil y 20 mil años atrás sitúan numerosos investigadores el intervalo de un primer desplazamiento humano por el continente americano, cuando toman en cuenta particularidades climatológicas propicias en el puente geográfico por el que atravesaron desde Asia a finales del pleistoceno superior.

Sin embargo, los restos arqueológicos hallados en esta región no evidencian esa antigüedad estimada. “En América apenas hay una docena de yacimientos con fósiles humanos cuya cronología supera los diez mil años”, según enuncian los estudios recogidos por Eudald Carbonell en el libro Homínidos: las primeras ocupaciones de los continentes.

Esta aparente contradicción es vista por el doctor Alejandro Terrazas Mata, encargado del Laboratorio de Estudios de Prehistoria y Evolución Humana del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Autónoma de México (UNAM), como una resultante de la carencia de “huellas” de los primeros pobladores americanos, debido a la desaparición de los glaciares que abarcaban en esa época buena parte del norte del planeta.


El doctor Alejandro Terrazas, de visita en La Habana durante el pasado mes de marzo, apuesta por el territorio de Sonora, donde se está formando la falla de San Andrés, y donde han quedado al descubierto sedimentos del pleistoceno, para el hallazgo de nuevas evidencias sobre el poblamiento de América. (Foto: Gizéh Rangel)

Si los primeros pobladores cruzaron por el estrecho de Bering -reflexiona el antropólogo físico-, tuvieron que recorrer grandes extensiones de tierra helada. En esas regiones del extremo norte del continente nunca vamos a encontrar evidencias; estas empiezan a aparecer por el estado de Nueva York, y más al sur, por lo que ya no pueden considerarse de poblaciones primarias.

En todas direcciones

Las hipótesis más aceptadas por la comunidad científica acerca del poblamiento de América recurren a modelos de migraciones directas y simples. Estas describen un primer ingreso, protagonizado por las llamadas poblaciones paleoamericanas, y un segundo momento, en que se identifican humanos de filiación mongoloide conocidos como amerindios.

Según estos criterios, el grupo primigenio, de muy baja densidad demográfica y movimiento lento, dejó escasas huellas; mientras que el siguiente, de unos 12 ó 13 mil años de antigüedad, reemplazó al primero con una tasa de crecimiento tal que en menos de mil años pobló todo el continente. Fueron sus integrantes los portadores de una tecnología que en Estados Unidos se conoce como Clovis.

Pero esta idea lineal de movimiento de norte a sur, de solo dos migraciones antagónicas entre sí, que se reemplazan una a la otra, es considerada sumamente simplista e irreal por el doctor Terrazas.

El ser humano no se comporta así, señala. “A donde llegamos nos relacionamos con las poblaciones locales, creamos antagonismos y alianzas, relaciones humanas muchísimo más complejas. Tenemos el ejemplo cercano del llamado encuentro de las dos culturas, entre europeos y americanos. Y vemos que lo primero que hacemos los humanos es reconocernos entre sí, biológica y reproductivamente, una forma importante de conocer al otro, de estar en contacto directo. Tuvo que haber sido así a finales del pleistoceno en América”.

Este análisis, y la diversidad biológica de los fósiles hallados en el continente inducen al antropólogo mexicano a pensar que los movimientos de los primeros habitantes de América fueron como el de los átomos: en todas direcciones, dependiendo de las condicionantes del momento, de cada población y lugar. “Y, al parecer, con tecnologías ya diversificadas”.

Falta encontrar los restos humanos más antiguos del continente -acota-, pero los que tenemos, de entre 11 mil 600 y ocho mil años, pertenecen a muchos grupos distintos. “A algunos, como los de Lagoa Santa, en Brasil, podemos llamarlos paleoamericanos (con cráneos alargados y caras verticales y angostas), porque tienen cierta unidad biológica. En cambio, en Tequendama, en la sabana de Bogotá, a una altura enorme sobre el nivel del mar, con un clima de templado a frío, no es la misma gente.

“Al sur de México, en Quintana Roo, hallamos un grupo adaptado al trópico, de baja estatura, cráneos relativamente redondeados y ya gráciles, porque vivieron en condiciones de gran humedad. Otros, como los de Kennewick, en Estados Unidos, tienen cráneos alargados y pudieran confundirse con un brasileño. Sin embargo, hay detalles que indican la diferencia: son altos y robustos, adaptados al clima frío.

“De modo que tenemos una gran diversidad en todo el continente y reducirla a dos poblaciones, que arribaron en solo dos momentos temporales diferentes, no tiene nada que ver con la realidad. Minimizar esa complejidad a modelos demasiado simplificados es traicionarla”, agregó el Doctor en Ciencias antropológicas de la UNAM.

“Por esas razones nos oponemos a esta hipótesis de dos oleadas migratorias que se sustituyen una a la otra, afirma. La evidencia empírica nos lo indica: el estudio de los cráneos y de los cuerpos humanos en su conjunto en todo el continente conduce a que ese modelo tradicional no puede ser real”.

Diversidad tecnológica

Otro asunto que ha llamado la atención de arqueólogos y antropólogos es la diversidad de la industria lítica hallada en América, “en algunos casos irreconocible, sin ninguna característica que permita asociarla entre sí.

“Por ejemplo, en el sitio Monte Verde, Chile, predominan las herramientas de lascas exclusivamente extraídas de núcleos irregulares y, sin embargo, con la misma materia prima y tecnología fueron encontrados allí dos cuchillos bifaciales preciosos. Es decir, que los habitantes prehistóricos del lugar conocían la tecnología bifacial, pero no les interesaba; su tecnoeconomía no lo requería y no perdían el tiempo en practicarla.

“Los de Norteamérica, los Clovis, sí desarrollaron esas puntas bonitas que caracterizan a su industria lítica, pero como elemento de identidad. No las necesitaban para matar a un mamut, su sentido era social, por eso les importaba tanto”.

- ¿De qué modo se pobló entonces el continente?

- Tuvo que haber ocurrido hace unos 20 mil años por una población probablemente muy compleja, no eran mongoloides, sino premongoloides que venían de África. Sabemos que entraron al continente americano, pero que también algunos regresaron a Asia. Solo así se explica la diversidad genética de los dos continentes.

“Desde el punto de vista ecológico, el problema no era entonces cruzar a América, sino adaptarse a otras condiciones climáticas y a nuevas enfermedades, pero contaban con tecnología y con una concepción de la subsistencia basada en el aprovechamiento de todo cuanto estuviera a la mano.

“Ellos nunca se dieron cuenta de que habían entrado a otro continente y de que estaban colonizando un nuevo ecosistema; fueron pasando de generación en generación”.

En cambio –acota el científico-, en Europa los cromañones eran africanos que fueron a vivir al clima frío y debido a que ya tenían una tecnología que los protegía de las bajas temperaturas mantuvieron en parte sus características originarias hasta el mesolítico. En América, cuando son hallados nuevos restos es evidente la adaptación biológica al clima”.

Nuevos rumbos

“Los restos humanos de las cuevas sumergidas de Quintana Roo en el contexto del poblamiento de América”, a cargo del doctor Alejandro Terrazas, fue una de las conferencias magistrales pronunciadas en el pasado congreso cubano Anthropos 2011.
“Estos huesos tienen el potencial de dar otra explicación al surgimiento del hombre americano; primero, porque fueron hallados en una región donde nunca se habían encontrado restos humanos; segundo, porque tienen una morfología diferente a todo lo que se había visto en el continente”, señaló el científico.
El hallazgo, ocurrido en el 2006, replantea todo lo que hasta ahora sabíamos sobre el poblamiento de América. Si regresáramos diez mil años en el pasado, al Pleistoceno, veríamos que en el continente americano los grupos humanos respondían a dos grandes patrones biológicos: el de los paleoamericanos (al que pertenecen los restos más antiguos hallados hasta ahora), y el del amerindio, que exhibía cráneos redondeados y caras cuadradas, sumamente parecidas a las de los indígenas actuales.
“Sin embargo, lo hallado en Quintana Roo no se ajusta a ninguna de estas pautas, más bien tiene características intermedias. Al comparar el cráneo mejor conservado de nuestra colección, el de la Mujer de Las Palmas, con calaveras de todo el mundo (tanto pleistocénicas como modernas), vemos que no se parece ni a las paleomericanas ni a las amerindias, sino a un grupo de fósiles de diez mil años de antigüedad del sureste de Asia”, expuso Terrazas.
“Por tanto, este descubrimiento en las cuevas sumergidas de Quintana Roo, pone en tela de juicio todo lo que se ha dicho hasta ahora sobre el origen del hombre americano”. (Tomado del Boletín UNAM, http://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2010_517.html)

viernes, 12 de agosto de 2011

“La socialización de la ciencia es conciencia crítica de especie”



De esta definición parte Eudald Carbonell, uno de los codirectores del Proyecto Atapuerca, al analizar el cambio que han de experimentar las relaciones humanas en el planeta cuando se socialice la revolución científico-técnica (Foto: Alexander Isla)



Por Flor de Paz

Vuelvo otra vez a la Sierra de Atapuerca, donde moró el europeo más antiguo hace 1,3 millones de años; camino junto a Eudald Carbonell en una fría mañana de febrero por los yacimientos que bordean la Trinchera del Ferrocarril. El investigador me actualiza de los últimos acontecimientos científicos en la Sierra, ese espacio que conoce palmo a palmo tras 30 años de labor sobre sus estructuras calizas.

Mientras nos detenemos frente a la Sima del Elefante, el yacimiento donde fue descubierta la mandíbula más antigua de Europa occidental, le pregunto por qué ha funcionado el Proyecto y cómo ha logrado trascender a la sociedad.

“Ponderamos dos objetivos fundamentales: el académico y el de la socialización de los conocimientos que vamos obteniendo. Todo cuanto ocurre en el proceso Atapuerca se hace posible a partir de su equipo de investigación; en él trabajan decenas de profesionales de disciplinas como la biología, la arqueología, la geología y la botánica. Los resultados de esa labor científica conjunta han conllevado a la realización de centenares de publicaciones en revistas especializadas de impacto, que han convertido a Atapuerca en un referente del trabajo sobre evolución humana en el mundo.

“La vocación científica de nuestro colectivo condujo en su momento a la creación de tres instituciones puntales del Proyecto Atapuerca, de las cuales se nutre, en buena medida, el equipo investigador: el Centro Carlos III, en Madrid; el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH), en Burgos, y el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), en Tarragona. De esta trayectoria tecnocientífica también derivó la construcción del Museo de la Evolución Humana (MEH), de dos centros de interpretación y de una Fundación que apoya a este Proyecto. Es decir –subraya el experto-, contamos con una gran estructura para trabajar sobre el tema de la evolución humana”, explica.

Las respuestas de Eudald se entremezclan con sus reflexiones sobre los yacimientos. Todavía frente a la Sima del Elefante, lecho del europeo más antiguo, el científico habla de las potencialidades del sitio, por la antigüedad de los fósiles que han aparecido allí, a la vez que acentúa la importancia científica y social de los conocimientos que deriven futuros hallazgos en el nivel 9 de este asentamiento.

Al escuchar al catedrático confirmo la visión contemporánea de que los resultados de la investigación científica tienen que ser necesariamente patrimonio activo de la sociedad que los propicia. Quedó atrás aquel paradigma del investigador encerrado en su laboratorio produciendo conocimientos para una élite de estudiosos o para servir de sustento a decisiones políticas. La ciencia y la tecnología son tan sociales como los humanos mismos. Lo demuestra la estrategia socializadora de los conocimientos científicos del Proyecto Atapuerca.

Luego de la publicación de los resultados de nuestras investigaciones en revistas especializadas de impacto, acudimos a los diferentes medios de comunicación y a las tecnologías digitales o impresas, dice Carbonell, para socializar ese conocimiento generado por el equipo investigador; quien considera que este proceso socializador es también una actividad científica, una forma de tecnología social para contribuir a mejorar nuestra proyección como especie.

“El fin es incrementar el conocimiento sobre la evolución humana en la sociedad, lo que significa socializar la conciencia, el pensamiento y la capacidad crítica, a partir de una visión evolutiva de miles de años. Llamo socialización a este accionar, porque se trata de generar pensamiento, actitud crítica, mediante la influencia del conocimiento. Estos son elementos fundamentales para conseguir procesos sociales consistentes. La evolución tiene que ser también un instrumento de formación del comportamiento humano.

“Nuestro origen como género indica el camino que es preciso retomar”, reflexiona Eudald mientras ascendemos por el andamio al nivel 6 de la Gran Dolina (otro de los yacimientos ubicados en la Trinchera), el estrato de Homo antecesor, rico también en herramientas líticas. “Nos hemos desarrollado a través de la socialización tecnológica, en un incremento constante de nuestra sociabilidad, de nuestra articulación como humanos”.

Con la fluidez del conocedor profundo, el arqueólogo describe cómo el continuo interactuar del cerebro y las manos conllevó a que ese órgano evolucionara y se organizara de una forma distinta al del resto de los animales, hasta llegar a una fase en la que emergió la conciencia, y la conciencia de especie como consecuencia de la socialización de la tecnología y de la forma de organizarnos. Sin ese factor tecnológico -el de haber tallado piedras y utilizarlas para obtener más energía del medio- no habría socialización, añade.

“Como hemos sido socializados por la tecnología, ahora lo que nos falta es, precisamente, que esta conciencia tecnológica desarrolle aún más los aspectos sociales del proceso evolutivo. Yo pienso que la evolución humana es el estudio de la adquisición de esta conciencia a través del conocimiento acerca de cómo los humanos nos hemos adaptado al medio”.

Para Eudald Carbonell, esta perspectiva ofrece elementos implícitos en una nueva construcción del ser humano en la que el conocimiento científico es la base del incremento de la socialización. “La posibilidad de que todo el mundo comprenda los fenómenos naturales puede permitirnos una nueva articulación social”.

-Entonces, su concepto de tecnología, además de contemplar el enfoque artefactual, visto desde el surgimiento de las herramientas líticas en el devenir evolutivo, también incluye esa consideración contemporánea que define como tal a los procesos…

-Desde mi punto de vista, una sociedad tecnológica es una sociedad que está evolucionando, en la que la tecnología tiene que ser el eje fundamental de sus relaciones: hemos de ser socializados por la tecnología. Solo de este modo alcanzaremos el máximo potencial de transformación y de adaptación en el planeta de que disponemos los humanos.

“Por ese camino, podemos llegar, incluso, a la autotransformación, pero la tecnología tiene que ser el eje para conseguir recursos de todo tipo, materias primas y conocimientos, y siempre infringiendo el menor daño al medio en las articulaciones de los ecosistemas naturales. La tecnología tiene que servir precisamente para acomodar nuestro crecimiento y nuestra inteligencia. Lo contrario significa hacer un uso primate de ella”.

-¿Cómo debe ocurrir entonces la socialización del conocimiento científico para que tenga lugar esa transformación?

- Digamos que somos gigantes vestidos de enanos. Y eso ha de cambiar. Las relaciones humanas en el planeta tienen que variar cuando se socialice la revolución científico técnica. Los desequilibrios económicos y las desigualdades sociales siempre han existido, pero ahora contamos con la capacidad, el conocimiento, la estrategia y la base científica real, económica y técnica, para que se produzca un cambio. Pienso que la evolución es el motor impulsor del conocimiento que puede dotarnos de capacidad crítica para esas transformaciones. Es un proceso de pensamiento y de transformación evolutiva. La conciencia crítica, por ejemplo, para mí continua siendo el aspecto fundamental de todo este proceso. Si esta conciencia crítica de especie no tiene una fundamentación de base evolutiva, científica, social, de incremento de conocimiento, no puede desarrollarse.

Vamos de vuelta a la entrada de los yacimientos y aunque me cuesta seguirle los pasos a Eudald intento acompasar mi ritmo. Habla bajo y despacio, con la mesura de un incansable predicador evolucionista, y debo de estar muy atenta para no perder el hilo de sus reflexiones. “La conciencia crítica de especie es la capacidad que tenemos los humanos ahora mismo para trabajar por un progreso consciente y una evolución responsable. La socialización de la ciencia es conciencia crítica”, concluye. (Publicada en Canarias-semanal.com)

domingo, 10 de octubre de 2010

Descubren en Atapuerca restos fósiles de un anciano discapacitado


La Pelvis 1 de la Sima de los Huesos (en amarillo) es la pelvis humana más completa de todo el registro fósil mundial. Su gran tamaño comparado con la pelvis de un hombre actual (en verde), nos da una idea de la corpulencia que tenía este antepasado de los neandertales.



Por Flor de Paz. Imágenes: EIA (Equipo de Investigación de Atapuerca)

Hace más de medio millón de años vivió en Atapuerca un anciano que sufrió cierto grado de minusvalía locomotriz, causada por importantes enfermedades degenerativas que le aquejaron mucho tiempo antes de morir, con más de 45 años de edad.
A esta conclusión llegó un grupo de paleontólogos del Equipo de Investigación de Atapuerca (EIA), que estudió un esqueleto fósil parcial de un corpulento varón, antepasado de los neandertales, publica hoy on line la revista científica PNAS.
Una nota de la Fundación Atapuerca añade que el equipo científico* recuperó los restos fósiles de este individuo durante cinco intensas campañas de excavación en la Sima de los Huesos (pequeña cavidad situada a más de 30 metros de profundidad en el interior de la Sierra). “Desde entonces, el trabajo en el laboratorio ha permitido reconstruir y asociar a esta pelvis su columna lumbar”.
El texto revela asimismo que este anciano discapacitado, antepasado de los neandertales, tuvo que haber necesitado de una atención especial para poder sobrevivir, pues las enfermedades que padecía “tuvieron seguramente manifestaciones posturales y dolorosas en las zonas lumbar y pélvica que le obligarían a adoptar una posición encorvada y, quizás, a usar un báculo para mantenerse erguido. Por ello, este individuo probablemente estaría impedido para cazar, entre otras actividades.
Pero la investigación científica no se restringió solo a este individuo patológico. “El equipo ha encontrado también en la Sima de los Huesos los restos de otras personas que no tenían deformidades en la columna vertebral ni en la pelvis. Gracias a ellos, los científicos han descubierto que esta población, al igual que los neandertales, poseía una columna vertebral con curvaturas menos marcadas que las que recorren nuestras espaldas. Es más, la forma característica de sus vértebras y su pelvis demuestra que sus cuerpos estaban diseñados, como los nuestros, para minimizar el gasto de energía necesario para mantenerse perfectamente erguidos”.











En las entrañas de la Sierra de Atapuerca, han sido halladas la pelvis y la región lumbar de un anciano que vivió hace medio millón de años.

Otra hipótesis a la que arribaron los científicos al estudiar estos fósiles de la Sima de los Huesos apunta a que las mujeres de este grupo homínido “debieron sufrir alumbramientos difíciles, tal como ocurre con las Homo sapiens.
Para arribar a esta conclusión, “los científicos compararon el conducto pélvico del anciano de la Sima de los Huesos, con el de otras pelvis humanas fósiles de sexo femenino encontradas en otros yacimientos del mundo. Los resultados publicados señalan que las diferencias entre los sexos de los individuos fósiles se asemejan a aquellas encontradas entre los hombres y las mujeres actuales.
“En nuestra especie, la pelvis presenta un diseño adaptado a una postura erguida y una locomoción bípeda. Tales adaptaciones ´compiten´ en las mujeres con la necesidad de dar a luz. Estas circunstancias, junto con el elevado tamaño encefálico de los recién nacidos, convierten el parto en un proceso complicado en nuestra especie. En consecuencia, la forma del conducto pélvico de las mujeres presenta modificaciones que habilitan el paso del feto a término en el momento del alumbramiento”.

* Los autores de este estudio pertenecen a las siguientes instituciones: Centro mixto Universidad Complutense de Madrid-Instituto de Salud Carlos III de evolución y comportamiento humanos, la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Cambridge, la Universidad de Burgos, la Universidad de Alcalá de Henares, el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social y el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana.

sábado, 28 de agosto de 2010

Atapuerca, una vez más




Partes del cráneo recuperado durante la campaña del 2010 en la Sima de los Huesos. Foto: Javier Trueba / Madrid Scientific Films




Por Flor de Paz
Otra vez, como cada verano desde hace más de treinta años, la Sierra de Atapuerca volvió a ser escenario de una campaña de excavaciones.
En este verano, el hallazgo de dos piezas de industria lítica y de huesos con marcas de corte en sedimentos que posiblemente superan los 1,2 millones de años, indican más antigua presencia humana en la Sierra que la conocida hasta el momento.
Dejar al descubierto la morfología original de Galería, otra de las cuevas del yacimiento, previa a su ocupación homínida, está entre las más importantes labores que los científicos realizaron allí en la campaña del 2010.
En la Gran Dolina, los arqueólogos que trabajaron en el nivel seis de ese yacimiento descubrieron que en determinado momento funcionó allí una guarida de grandes carnívoros. Restos de hienas, de sus presas y coprolitos, así como de de osos que utilizaban la cavidad para hibernar, fueron recuperados.
El nivel 10 de este mismo yacimiento, fuente de un riquísimo registro fósil que ha brindado más de 51 mil restos faunísticos y 9 mil 700 herramientas de piedra desde que comenzó a cavarse en el 2004, aportó durante la recién concluida campaña numerosos restos de bisontes y herramientas de silex, prueba de que en el área investigada existió un tipo de ocupación extremadamente especializada y totalmente desconocida hasta el presente en los yacimientos de Atapuerca.
Homo heidelbergensis, el habitante de la Sierra en esa época (350 mil años antes del presente), dejó en Gran Dolina huellas de la complejidad tecnológica de sus estrategias subsistenciales.


Nuevos resultados en la campaña arqueológica del 2010 en los yacimientos arqueo paleontológicos de Atapuerca confirman la valía de la labor científica que allí se realiza desde hace tres décadas. Foto: Jordi Mestre, EIA.

En el transcurso de las jornadas arqueológicas de este año en la Sima de los Huesos fue completada la extracción de cráneo de medio millón de años de edad. Puede tratarse del segundo más íntegro de los hallados en este yacimiento, después del famoso “Miguelón”, que se exhibe en el Museo de la Evolución Humana de Burgos.
Tan brevísimo recuento de los hitos alcanzados en Atapuerca es suficiente para comprender las motivaciones que hacen acudir cada año en la sierra burgalesa a científicos españoles y de otros países.

sábado, 15 de mayo de 2010

Los postulados de Charles Darwin



“El núcleo central de la teoría de la evolución no va a ser alterado por ningún otro descubrimiento”, afirma el doctor Vicente Berovides, especialista en genética y evolución


Por Flor de Paz

Charles Darwin hizo una de las contribuciones de mayor trascendencia al conocimiento del origen de la vida: descubrió el engranaje fundamental de la evolución y lo resumió en la más importante teoría científica que aún sirve de sustento a todas las concepciones evolucionistas.

La selección natural, médula de sus aportes, constituye un mecanismo de transformación capaz de dar lugar a nuevas especies. Aun cuando ha sido ampliada y mejorada, mantiene íntegra su esencia.
Según la concibió Darwin, se concreta en la capacidad de supervivir de los individuos más adecuados. Hoy, con los significativos avances experimentados por la biología molecular de finales del siglo XX, entra en juego además la habilidad para reproducirse y transmitir genes a la próxima generación.

Esta ciencia recontextualiza la acción del principio darwiniano a nivel poblacional, y no solo en el individuo, explica el doctor Vicente Berovides Álvarez, profesor e investigador de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana.

A partir de las concepciones actuales –acota-, ser eliminado por la selección natural no significa morir. “La imposibilidad de procrear es también una consecuencia de la acción de esta ley”.

Nueva síntesis
Darwin no conoció la existencia de los genes; el descubrimiento de la estructura del ADN (1953) ocurrió más de setenta años después de su muerte. Tampoco pudo prever la función de estas moléculas en el origen de los cambios que él percibió en los seres vivos.

Aun cuando las leyes del checo Gregor Mendel, publicadas en 1866, fundamentaban la herencia de caracteres simples, no establecían la de los más complejos e importantes para la evolución; por ejemplo, los relacionados con la habilidad de los individuos para reproducirse.

El trabajo de Mendel fue incomprendido hasta 1900, cuando ocurre un redescubrimiento de sus teorías. Entonces –agrega el doctor Berovides- se supo que los caracteres complejos sí tenían herencia mendeliana, pero no exactamente cómo él la había formulado.

Sobre esos presupuestos, y con el desarrollo alcanzado por la genética poblacional, respaldada por otros conocimientos predominantes en la década del treinta del pasado siglo, surge la teoría sintética de la evolución o postdarwinismo.

La también llamada nueva síntesis restableció la teoría original de Darwin sobre las firmes bases de la genética experimental y las estadísticas demográficas.

En la época en que el científico inglés formula su teoría, la clave estaba en el individuo y en los caracteres hereditarios. Al desarrollarse la teoría sintética se llega a la conclusión de que lo importante para evolucionar es la población y que las unidades que se transmiten a la próxima generación son los genes, no los caracteres.
La sistemática, que era una ciencia relativamente desarrollada entonces, también apoya la evolución y, sobre todo, los descubrimientos paleontológicos, evidencias de ese fenómeno. En el siglo XIX fueron hallados muchos fósiles de dinosaurios, demostrativos de que el mecanismo propuesto por Darwin era el más acertado.

“Se sabe, por evidencia fósil, que los reptiles se pudieron transformar en mamíferos y que otro grupo de reptiles, que eran dinosaurios, se convirtieron en aves. Asimismo, un grupo de monos evolucionó a humanos”, argumenta el profesor Berovides.

Una tercera ciencia apoya el postdarwinismo o teoría sintética: la biología molecular y, más específicamente, la genética molecular. Gracias a ella se descubre la estructura compleja de los genes y se concibe una posible evolución molecular, mucho más compleja que la de los organismos. Pero como las moléculas están controladas por los genes y están dentro de los organismos, al final lo que evolucionan son estos, junto con sus genes, sus moléculas y sus caracteres.


El equilibrio puntuado
Los evolucionistas que apoyan la teoría de Darwin reafirman que las nuevas especies aparecen en forma gradual y a partir de otras preexistentes; los llamados saltacionistas opinan que estas aparecen y desaparecen súbitamente.

No hay contraposición entre ellas. “Después de mucha discusión se acepta que ambos procesos pueden ocurrir, dependiendo del carácter y de la especie. Por ejemplo, los homínidos se hicieron bípedos de forma gradual, pero la adquisición de un gran cerebro ocurrió como un salto (sucede en una sola generación y consiste en un cambio genético significativo que da lugar al surgimiento de una especie)”, explica el científico cubano.

El saltacionismo, que se opone a la teoría darwinista de la evolución gradual, fundamenta el nacimiento de la teoría del Equilibrio Puntuado o Puntualismo, debida a los aportes de Stephen Jay Gould y Niles Eldredge, eminentes paleoantropólogos estadounidenses.

Pero el propio Stephen Jay Gould, apunta: “La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de un diseñador; hecha a la medida para pulverizar uno a uno los argumentos de cualquier creencia antinatural. La predicción clave de la teoría se ha confirmado en tiempos recientes: la prueba más contundente es la universalidad del código genético”.
No hay dudas, la teoría de Gould y de los evolucionistas biológicos moleculares modernos, reposa firmemente en el darwinismo.

La evolución como resultado de la selección natural planteada por el genio inglés tiene tal alcance que fue capaz de asimilar sin dificultad las reglas básicas de la herencia mendeliana y el descubrimiento de la estructura atómica del ADN, quedando reforzada, cada vez más, por los avances de la genética.
El núcleo central de la teoría de la evolución -los mecanismos por mutación y selección natural-, básicamente no va a ser alterado por ningún descubrimiento, señala el doctor Berovides Álvarez. “Aun cuando puedan hallarse nuevas explicaciones acerca del surgimiento de la variación genética y otros métodos de acción de la selección natural y de la transmisión hereditaria, tal como la horizontal o de una especie a otra”. (Publicado en Juventud Técnica)

lunes, 1 de marzo de 2010

Desde el plioceno a pie




Por Flor de Paz

Nuevos hallazgos en una homínida perteneciente a la especie Ardipithecus ramidus adelanta en más de un millón de años adquisiciones humanas como el bipedismo y arroja luces sobre establecidos paradigmas de la evolución humana

Ardi camina erguida. Anda sobre sus pies tras bajar de los árboles. Deambula como un Homo sapiens, pero la combinación anatómica de su antiquísimo esqueleto no es la de un humano, aunque tampoco la de un simio.
Pertenece al género Ardipithecus y a la especie ramidus; tiene largos brazos y piernas cortas. Como hábil trepadora de los bosques pliocénicos del noreste africano, se sirve de sus prolongados dedos para asirse a los troncos y tomar los frutos a su alcance.
Su estatura apenas excede un metro y pesa casi 50 kilogramos, mientras el tamaño de su cerebro es comparable con el de los chimpancés actuales, un quinto del humano, asegura el paleontólogo norteame¬ricano Tim White, de la Universidad de Berkeley, California, luego de 17 años dedicados a la reconstrucción y estudio de tan formidable estructura ósea.
La forma del pie, la mano, la pelvis y su modo de locomoción, todo parecía impresionar a White y a sus colegas en una de las más integrales investigaciones realizadas a un fósil de homínido.
Su presentación a la comunidad científica internacional conmocionó el universo mediático: el esqueleto de Ardi es el más completo que existe para esa cronología y ofrece novedosa información sobre adaptaciones humanas tan determinantes como el bipedismo.
África, nuestra cuna
En los predios inhóspitos del desier¬to etíope de Afar, territorio del Gran Valle del Rift africano, fueron descu¬biertos los restos de Ardi en 1994.
Decenas de huesos fósiles perte¬necientes a una hembra de Ardipi¬thecus ramidus fueron desenterrados de ese primate. “La nueva evidencia fósil invalida el concepto de que los chimpancés y los gorilas son nuestro último antepasado común”, advierte Tim White.
Antes de las conclusiones obtenidas del pesquizaje realizado sobre Ardi, los científicos consideraban que los primeros homínidos evolucionaron a la bipedación en las abiertas sábanas africanas, pero el equipo multinacional que encabeza White llegó a la certeza de que la homínida estudiada vivió en un medio arbóreo.
Nuevas pistas
Ni chimpancé ni humano: un mosai¬co evolutivo. Tal ha sido la definición que los investigadores han dado de Ardi ante la singular combinación de caracteres que reúne su esqueleto.
Pero más allá del análisis de su biología y el ambiente en que vivió, quedan abiertas nuevas pistas al co¬nocimiento de nuestros orígenes y a las claves de la naturaleza humana.
“Tiempo habrá de valorar con tran¬quilidad el estudio de Ardi y otros fósi¬les de la especie Ardipithecus ramidus”, dijo José María Bermúdez de Castro, codirector del Proyecto Atapuerca, al comentar la publicación realizada por el multiequipo de White.
“Estas investigaciones y sus resul¬tados tienen que ser asimilados por la comunidad científica y debatidos en el contexto de otros hallazgos de gran interés para comprender el ori¬gen de nuestra genealogía”, añadió Bermúdez de Castro, entusiasmado, aunque persuadido de que batir regis¬tros de antigüedad no es una carrera de tiempo. (Juventud Técnica, enero-febrero 2010)

jueves, 12 de febrero de 2009

Darwin colocó al hombre en su justa posición en la naturaleza



Dijo el profesor Vicente Berovides durante un homenaje realizado en la Universidad de la Habana por el bicentenario del sabio inglés y en el sesquicentenario de la publicación de su libro La evolución de las especies
Por Flor de Paz
La trascendencia histórica de la teoría de la evolución de las especies y la actualidad de los mecanismos evolutivos planteados por Charles Darwin fueron los temas de las conferencias dictadas ayer martes en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, por los doctores Pedro Marino Pruna, del Museo Nacional de Historia Natural, y Vicente Berovides Álvarez, de la Facultad de Biología del centro de estudios superiores.
El doctor Pruna, además de ofrecer detalles biográficos de Darwin, explicó cómo durante los últimos 40 años del siglo XIX la teoría evolucionista se diseminó por el mundo, y fue acogida de manera particular en Cuba.
“Desde 1862 Felipe Poey introdujo las ideas del sabio inglés en los cursos universitarios y sentó las pautas para la enseñanza de la historia natural en la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Habana. En 1890 ya había sido conformado un claustro profesoral de zoólogos y botánicos constituido exclusivamente por evolucionistas, y que ese mismo año, al inaugurar el curso escolar en la UH uno de los discípulos del naturalista cubano declaró el triunfo del darwinismo en la institución universitaria.”
Este hecho, unido a otros acontecimientos, permite afirmar que Cuba ocupó un lugar prominente entre los países de Latinoamérica en el proceso de recepción de las teorías evolucionistas, aseguró el experto.
Darwin, el darwinismo y la evolución humana
Haber incluido a los humanos dentro del reino animal y, por tanto, entre los organismos que evolucionaron mediante la selección natural es entre todos los postulados darwinistas el elemento que más revuelo ocasionó desde su surgimiento. Esa razón ha generado una gran lucha de ideas, principalmente del creacionismo frente al evolucionismo, afirmó el doctor Vicente Berovides Álvarez, al dar inicio a su conferencia.
“Hay quienes dudan de la Teoría de la Evolución, aún cuando esta ofrece los principios explicativos de los fenómenos a que se refiere, ajustados a las evidencias. Sin embargo, nadie vacila ante la fundamentación de Einstein acerca de que la materia está formada por átomos y, ahora, por partículas subatómicas”, dijo Berovides.
El darwinismo es el único mecanismo capaz de explicar fenómenos como la biodiversidad y la adaptación de los organismos al medio. Y cuenta con muchas pruebas; el poder ilustrativo de la teoría de Darwin es evidente a la hora de entender el genoma humano.
En relación a Homo sapiens, Berovides Álvarez refirió que comparte con el científico español Eudald Carbonell, co-director de los yacimientos pleistocenos de la Sierra de Atapuerca, una idea novísima y muy revolucionaria plasmada en su reciente libro El nacimiento de una nueva conciencia : aún estamos en la infancia de nuestra evolución, pues como especie aparecimos hace sólo 150 ó 200 mil años.
El investigador reflexionó sobre el hecho de que hay libros en los que se asegura que la selección natural no opera en los humanos actuales. “Es un error, mientras seamos seres vivos y tengamos diferencias genéticas habrá selección natural. Son numerosos los ejemplos de caracteres patológicos y normales en los que interviene este mecanismo, entre ellos el grupo sanguíneo, la sensibilidad a la fenilcetonuria, el color de la piel, la resistencia al SIDA y la hipertensión arterial en afroamericanos.
A renglón seguido detalló igualmente que la actual Teoría sintética de la evolución constituye el avance científico de los postulados formulados por Darwin, que gozan de total vigencia.
“Hay críticos que dicen haber hallado un nuevo mecanismo para la variación genética y que por consiguiente ya no hace falta la selección natural ¿Y quién ha dicho que la selección natural genera la variación genética? La selección natural ordena, decide o modela la variación genética, pero no crea nuevas combinaciones. La fuente originaria de la variación genética está en la mutación”, adujo el profesor Berovides.
Para concluir, el científico cubano hizo referencia a los valiosos aportes de Darwin. Entre ellos, el hecho de haber colocado al hombre en su justa posición en la naturaleza e influir en el desarrollo de numerosas ciencias.
En cuanto a la diferencia existente entre Darwin y el darwinismo dijo: para el genio inglés el nivel de ejercicio de la selección natural ocurría básicamente en el individuo. Hoy la genética demuestra que el mecanismo está presente en los genes, los individuos y las poblaciones.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Universalizar los conocimientos sobre evolución









Expone periodista española en Seminario Regional celebrado en Cuba experiencia de socialización del conocimiento en el ámbito de la evolución humana


Texto y fotos: Flor de Paz

Los resultados obtenidos por la Fundación Atapuerca, ubicada en Burgos, España, en su proyecto de comunicación y socialización del conocimiento, fueron expuestos el en recién celebrado Seminario Regional de Periodismo Científico, que hizo coincidir en La Habana a más de una veintena de reporteros latinoamericanos y a un similar número de profesionales cubanos.
Patricia Martínez, periodista de la mencionada institución, explicó cómo la Sierra de Atapuerca y los importantes descubrimientos paleoantropológicos allí acontecidos han constituido una enorme fuente de conocimientos que la Fundación del mismo nombre ha llevado a la sociedad española.
“Antes de que nos propusiéramos estos objetivos la ciencia en nuestro país solo interesaba a los científicos”, afirma la periodista.
“En la actualidad, mencionar el nombre de Atapuerca en España es como citar cualquiera de los sitios más conocidos de la geografía ibérica. Además, la mayoría de las personas conocen que se trata de un sistema de yacimientos visitables donde han sido hallados restos humanos muy antiguos. Pero especialmente los niños y los adolescentes han sido muy beneficiados por esta socialización del conocimiento desarrollada desde la Fundación Atapuerca.
Con la creación de juegos, parques y centros de interpretación, los más pequeños acceden a valiosa información sobre la vida prehistórica en la sierra burgalesa y acerca de la evolución humana. “Muchos de ellos conocen con gran precisión los orígenes de nuestro género y dominan las esencias del proceso evolutivo”, explica Patricia Martínez.
Ahora, con un enfoque más didáctico y comunicativo, la Fundación Atapuerca pretende hacer llegar sus mensajes a otras partes del mundo. “Pensamos que este conocimiento es patrimonio de la humanidad y no es suficiente socializarlo solo en España”.













Patricia Martínez intercambia con el Profesor Vicente Berovides (de la Universidad de La Habana) quien impartió la conferencia Evolucionismo Vs. creacionismo.
En ese afán, la especialista en comunicación, a nombre de la institución que representa, propuso el establecimiento de un intercambio entre esta y la revista cubana Juventud Técnica, dirigido a la colaboración en el campo informativo y didáctico relacionado con el acontecer paleoarqueológico de la Sierra y con el universo de la evolución.
Acerca de su presencia en el Seminario Regional de Periodismo Científico consideró muy útil haber el conocido cómo se desarrolla esta especialidad fuera de su país y de qué manera es llevada la ciencia a los medios de comunicación en Cuba y en el contexto latinoamericano.
“Observé cómo en el sistema de prensa de la Isla se dedican diferentes y numerosos espacios a la ciencia en los más diversos medios y que existe una revista como la Juventud Técnica, dirigida especialmente a los jóvenes”.

domingo, 15 de junio de 2008

El europeo más antiguo tiene 1,2 millones de años


José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell, codirectores del Proyecto Atapuerca examinan el fósil humano descubierto en Sima del Elefante.Su descubrimiento anticipa en 400 mil años la presencia humana en Europa, según publica la revista Nature. (Foto: Jordi Mestre)

Por Flor de Paz

Los restos humanos más antiguos de toda Europa: una mandíbula con varios dientes, y un molar descrito ya en junio pasado, ambos con un registro de 1,2 millones de años, fueron hallados en el yacimiento Sima del Elefante (nivel 9), de la Sierra de Atapuerca, durante la campaña de excavaciones realizada en el verano de 2007.

La trascendencia de este descubrimiento, que acaba de ser publicado en la revista Nature, radica en que los fósiles aparecieron en un nivel donde anteriormente se había reportado la presencia de industria lítica y fauna, algunos de cuyos huesos presentaban marcas de corte, elementos ya de por sí demostrativos de la presencia de actividad humana. Pero faltaba la evidencia: los restos óseos de homínidos.

Ahora los científicos ya disponen de esa prueba: el propio fragmento de mandíbula con varios dientes, un contexto arqueológico compuesto por herramientas de piedra y huesos de grandes mamíferos con marcas de haber sido procesados por estos homínidos con fines alimentarios.

Según explica Eudald Carbonell, codirector del Proyecto Atapuerca, “todo este conjunto cuenta con una datación muy fiable, obtenida por diversos métodos, y que arroja una edad de entre 1,1 y 1,2 millones de años”.

Y añade: “El descubrimiento de este fósil humano se adscribe a la especie Homo antecesor, que fue definida en el nivel seis de otro yacimiento de la Sierra de Atapuerca, Gran Dolina, hecho que publicó hace poco más de 10 años la revista Science”.

La asociación de los restos humanos descubiertos en Sima del Elefante (1,2 millones de años) y los de la Gran Dolina (800 mil años), cambia algunas concepciones iniciales sobre el origen africano de Homo antecessor.

“Si este homínido vivió en dos sitios de la sierra burgalesa y los homínidos de Dmanisi, en Georgia, están datados en 1,8 millones de años, la hipótesis de una procedencia asiática toma ahora mucho más fuerza. Por otra parte, en África aún no ha sido descubierto ningún resto que pueda asociarse claramente a Homo antecessor”, reflexiona la Doctora Marina Mosquera, del Equipo de Investigaciones de Atapuerca.

El origen asiático del género Homo

La posibilidad de un origen asiático (y no africano) para la mayoría de las especies de Homo es un tema de debate actual en el contexto del estudio de la evolución humana. Su significativa importancia no pasó por alto en los debates del recién celebrado II Seminario Internacional sobre Paleoecología Humana: nuevos avances, celebrado en Burgos, España, y donde se reunieron científicos de varios países del mundo.

Uno de los participantes en el encuentro, David Lordkipanidze, responsable de las investigaciones y excavaciones del yacimiento del Pleistoceno inferior, en Dmanisi, Georgia, explicó cómo los hallazgos del sitio arqueológico que él tiene a su cargo han transformado las concepciones que se tenían sobre los homínidos y sus características físicas, además del momento en que llegaron a Eurasia.

“Los hallados en Dmanisi tienen una capacidad craneal de 600 centímetros cúbicos, similar a los que salieron de África. Sus extremidades inferiores son muy similares a las humanas y las superiores se acercan más a las del mono, lo cual incide en sus características locomotoras”.

Interrogado sobre si puede afirmarse que los homínidos entraron a Europa por Asia, David Lordkipanidze afirmó: “Esa es la evidencia que tenemos hasta hoy, aunque es muy difícil precisar cuál era entonces la frontera entre ambos continentes.”

Dmanisi se encuentra en un sitio estratégico entre ambos continentes, por lo cual se le ha denominado “las puertas de Europa”. Este punto geográfico, junto a Italia y a la Península Ibérica, son los más importantes para el estudio del poblamiento del Viejo Continente. En ellos se descubren actualmente las evidencias más antiguas de la presencia de homínidos en Eurasia.

Para José María Bermúdez de Castro, uno de los codirectores del Proyecto Atapuerca, Dmanisi representa una de las primeras evidencias, si no la primera, de la presencia genero Homo.

“Hay algunos investigadores que pensamos que Homo habilis en realidad debería clasificarse como Australopithecus habilis, mientras que los homínidos encontrados en Dmanisi deberían ser los primeros en considerarse Homo. Si eso es correcto, el origen de nuestro género está en Eurasia y las especies africanas pertenecientes a Homo, pudieran tener un origen euroasiático.

“Creemos que Dmanisi ha jugado un papel fundamental en las expansiones. No solamente hacia lugares como la Isla de Java, Indonesia o Europa occidental. Quizás nuestro Homo antecessor esté relacionado con este primer esparcimiento demográfico”, señaló Bermúdez de Castro.

El aspecto cultural, que tiene significativa incidencia en estas concepciones, fue subrayado por Eudald Carbonell, también codirector del Proyecto Atapuerca. Para este arqueólogo de profesión y filósofo de vocación y ejercicio, “muchas veces el origen del género Homo se ha relacionado con el origen de la cultura y de la tecnología y, por ahora, las tecnologías más antiguas han sido descubiertas en África, no en Eurasia.

“Más que nunca creo que hay una aproximación entre la arqueología, la geología, la botánica y la antropología, y una estrecha relación entre biología y cultura. Todas ellas deben andar juntas, para evitar bifurcaciones en la discusión sobre los procesos adaptativos de las especies que conforman nuestro género y los que están próximos al nuestro”, concluyó.

PUBLICAR EN NATURE

Para Eudald Carbonell, que el Equipo de Atapuerca ocupe por segunda vez una portada en la prestigiosa revista Nature es un hecho extraordinario que vuelve a poner en la primera línea científica internacional el tema de la evolución humana, así como la importancia de los yacimientos burgaleses.

La primera fue en el año 1993 –explica- cuando descubrimos en la Sima de los Huesos los cráneos de Homo heildebergensis, de cerca de medio millón de años de antigüedad. Ahora, en 2008, tenemos de nuevo un artículo y la portada en Nature, con motivo del descubrimiento de una mandíbula humana en otro yacimiento de la Sierra de Atapuerca, la Sima del Elefante.

“Para nuestro equipo, ser portada dos veces con el mismo complejo de yacimientos significa la consolidación de los estudios de la prehistoria y la paleontología en España. Gracias a estos y otros importantes descubrimientos, nuestro país empieza liderar estas ramas del saber”, dijo. (Publicado en el periódico Orbe, de la Agencia Prensa Latina, en abril de 2008)


viernes, 2 de mayo de 2008

“Todavía no somos humanos”



Afirma Eudald Carbonell, codirector del Proyecto Atapuerca, uno de los más representativos grupos del mundo dedicado a la búsqueda de evidencias arqueológicas del Pleistoceno y al estudio de la evolución humana

Por Flor de Paz
Foto: Jordi Mestre

Cuenta Eudald Carbonell que de niño, cuando disfrutaba los calurosos veranos en Santa María de Besora, un pueblecito de la provincia de Barcelona, le entretenía recoger fósiles en el campo. Con apenas cinco años, cada día volvía a la casa de sus abuelos con los bolsillos del pantalón repletos de animales prehistóricos fosilizados.

El propio día en que lo conocí, en su atiborrada oficina de la Universidad de Tarragona, en España, supe cómo durante los diez años previos a su ingreso en los estudios superiores, realizaba ya excavaciones arqueológicas. Descubrí también que apenas es posible sacar de este hombre unas pocas palabras sobre sí mismo. El sentido de su vida y el tema de sus conversaciones es la evolución humana.

Convertido en un investigador tenaz, ha explorado a lo largo de tres décadas cada palmo de la Sierra de Atapuerca, en una aventura científica que le ha permitido explicar la presencia humana en Europa durante el último millón de años y describir la especie de homínido más antigua de ese continente: el Homo antecessor.

En cada rincón de la prometedora montaña están las huellas de su voluntad y su saber. Sucesivas campañas de excavaciones han permitido a Eudald, y al equipo de investigaciones de Atapuerca, revelar el estimable potencial en cuanto al patrimonio fósil que guarda este yacimiento en sus entrañas.

La evolución humana no es un proceso lineal en el que una especie sucedió a la otra, comenta el notable profesor con la pasión de un escolar dibujada en su rostro. “Más bien se concibe como árbol, con su tronco y sus ramificaciones. Ya lo había dicho Darwin. Así emergió el género Homo y sus especies hace 2,9 millones de años. De ese macizo solo queda una pequeña hoja: el Homo Sapiens.

“Nuestro origen está en África. Evolucionamos durante tres millones de años a través de distintas especies. Después, nos esparcimos por otras regiones.

“En Europa, por ejemplo, existió el Neandertal, que vivió en este continente y en el oeste de Asia unos 300 mil años y desapareció hace unos 24 mil. No sabemos exactamente cuáles fueron los factores de su desvanecimiento. Algunos colegas plantean que se debió a la llegada del Homo sapiens a Europa, entre 40 y 50 mil años; otros creen que la causa de su extinción fue un cambio climático. Hay quienes pensamos, además, que las cuestiones genéticas fueron muy importantes en la desaparición de esta especie”.

Siguiendo los atajos de la evolución humana, el también catedrático de Prehistoria de la Universidad Rovira y Virgili, de Tarragona, explica que antes de los neandertales Europa fue habitada por el Homo heidelbergensis (ampliamente representado en Atapuerca). “Al mismo tiempo en Asia vivió el Homo erectus. Este último también desapareció cuando el Homo Sapiens entró en esas latitudes.

“El predecesor de heidelbergensis fue el Homo antecessor. Lo descubrimos en Atapuerca”, asegura Eudald con la naturalidad de un hombre que se siente hacedor del más común de los oficios.

“Han pasado diez años desde que la revista Science publicara nuestra propuesta de una nueva especie para el género Homo y hasta ahora ningún científico ha ofrecido datos que refuten esa definición. Por el contrario, los numerosos restos fósiles hallados sistemáticamente durante los últimos años en el nivel seis del yacimiento de la Gran Dolina (donde vivió este homínido en Atapuerca) han ido esclareciendo cada vez mejor sus características, entre las que sobresale la práctica del canibalismo como una costumbre cultural. Su procedencia, africana o asiática, es todavía un tema en discusión”.

En orden regresivo –señala el Doctor Carbonell Roura- tenemos a la especie africana Homo ergaster, que emergió hace 1,8 millones de años; antes existieron Homo rudolfensis y Homo habilis. Esta última es considerada por algunos paleontólogos como un Australopitecus y no un Homo.

“Por lo tanto, entre dos y tres millones de años atrás existieron en África tres grandes géneros: Homo, Australopithecus y Parántropos”.

Firme defensor de que el conocimiento sobre la evolución humana es determinante en la forma de ser y pensar del Homo sapiens, Eudald asegura que solo es posible enfrentar el serio peligro que corre nuestro planeta si cada vez más logramos transformar el conocimiento en pensamiento.

Así, concede singular importancia a la divulgación de los resultados investigativos, “pues es responsabilidad de los científicos, que después de publicar artículos en medios especializados de impacto y en libros, revistas y periódicos de todo tipo, pasemos a la divulgación directa de nuestras ideas”.

“Hominización no es humanización”

A la vez que investiga, publica e imparte clases en la Universidad Rovira y Virgili, Eudald Carbonell, con su plenitud de 54 años, encabeza el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) y codirige el Proyecto Atapuerca.

Capaz de dedicar tiempo suficiente al diálogo, aún en medio de su agitado quehacer profesional, le escucho reflexionar antes de entrar a una de sus conferencias.

“Soy consciente de que somos el producto de una serie de adquisiciones socializadas que han aportado energía suficiente a nuestro género para convertirnos en Homo sapiens. Pero la búsqueda que hago del pasado me ha conducido a tener un interés obsesivo por el futuro, porque quiénes somos posiblemente continúe siendo la pregunta más difícil de contestar.

“El cerebro se nos ha hecho grande y más complejo; ha habido una progresiva encefalización de nuestra capacidad de transformar y el entorno nos ha transformado. La ciencia y la tecnología finalmente han pasado a ocupar un espacio preponderante en nuestra organización social, a consecuencia de la evolución integrada, y por lo tanto, del proyecto de hominización y humanización.

“Gracias a la ciencia y a su aplicación –señala- podemos modificar los mecanismos naturales y adaptarlos a la necesidad de obtener energía, y esta, a la vez, la usamos para conocer nuestra composición biológica y para saber cómo se produce el desarrollo cultural”.

Con audacia y picardía distintivas me regala al final de nuestro diálogo una sentencia premonitoria. “Nos encontramos inmersos en una dinámica de rápido crecimiento de las relaciones de producción, pero aún así, todavía no somos capaces de transferir toda la energía obtenida a todas las partes del sistema. Esto quiere decir que, desde mi perspectiva, todavía no somos humanos”. (Publicado en la revista Juventud Técnica, noviembre-diciembre de 2007)



jueves, 1 de mayo de 2008

Venimos de África por partida triple







Por Flor de Paz

El por qué de la primera salida homínida fuera de África, el continente originario de la mayoría de nuestros antecesores, es todavía un tema polémico entre los científicos que se dedican al estudio de la evolución humana. Numerosas hipótesis han tratado de explicar este acontecimiento, que marcó importantes pautas en el devenir del género Homo.

Una de las explicaciones más recientes se fundamenta en los hallazgos de numerosos restos humanos de 1,8 millones de años (m.a.) en los yacimientos georgianos de Dmanisi y en una crisis climática ocurrida en África en esa misma etapa cronológica.

En el conocido asentamiento euroasiático ya había sido descrito anteriormente la especie Homo georgicus. Su descubrimiento testimonió que los humanos habían llegado a esta región del mundo mucho antes de lo que se pensaba hasta ese momento. Pero a los numerosos restos humanos obtenidos en Dmanisi, se suma ahora un esqueleto postcraneal o del cuerpo, que proporciona nuevos e importantes datos sobre la evolución de nuestro género, por su proximidad temporal y física a los fósiles del registro arqueológico africano.

Con los hallazgos de Dmanisi se han transformado todas las concepciones que se tenían sobre el momento en que los homínidos llegaron a Eurasia, sus características físicas y desarrollo tecnológico, aun cuando apenas se ha excavado el cinco por ciento de estos yacimientos.

Además de la presencia de Homo georgicus en la región caucásica, los científicos involucrados en el proyecto georgiano han podido elaborar una respuesta para explicar el por qué estos homínidos necesitaron salir de su entorno originario y migrar hacia regiones antes inexploradas por ningún miembro del género Homo, ni de sus antecesores Australopithecus y Parántropos.

“Cada vez más se impone la idea de que no solo la primera dispersión fuera de África, sino todas las migraciones humanas hasta tiempos relativamente recientes y durante el largo proceso de la evolución (más de cinco millones de años), son consecuencia de los cambios climáticos. Los homínidos siempre fueron objeto de esas variaciones y solo muy recientemente ocurre lo contrario”, explica el Profesor Jordi Agustí, del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), de Tarragona, España.

El Homo sapiens actual –señala- provoca las alteraciones que se producen en el clima, pero hasta hace muy poco, en términos evolutivos, los seres humanos siempre fuimos una consecuencia del cambio climático.

Dmanisi: a las puertas de Eurasia

El Cáucaso constituye –aún en la actualidad- una zona de características excepcionales. Al sur de esta gran cadena montañosa se concentra uno de los últimos refugios de la vegetación subtropical que durante el Mioceno y el Plioceno cubrió buena parte de Europa. Ello es consecuencia de las particulares condiciones climáticas que se dan en este territorio, bordeado por los mares Caspio y Negro. Asimismo, la muralla caucásica constituye una barrera eficaz frente a los fríos y secos vientos del norte. Estas favorables condiciones se encontraban todavía más acentuadas a principios del Pleistoceno, cuando un brazo de aguas someras conectaba a los mencionados mares con el norte del Cáucaso y la región aparecía como una amplia península que comunicaba con la zona del Próximo Oriente, a través de la región de Dmanisi.

“Por allí podrían haber dirigido sus pasos, hace 1,8 millones de años, arcaicas poblaciones de homínidos que vivían en el extremo septentrional del Ritf africano, para poder perpetuar su modo de vida en los bosques”, explica el Profesor Jordi Agustí.

“Estos primeros homínidos que salieron de África, a diferencia de lo que se pensaba hasta hace muy poco, eran muy arcaicos y estaban vinculados a un hábitat de bosques, no de sabanas; dato que puede explicar la presencia de individuos tan antiguos (1,8 millones de años) en el extraordinario yacimiento de Dmanisi. Ese es un punto de vista que comparto con David Lordkipanidze”, agrega.

Según la concepción predominante hasta ahora, la primera migración humana fuera de África había sido relacionada con la aparición de los avanzados Homo ergaster (de entre 1,8 y 1,4 millones de años de antigüedad y una capacidad craneal de 800 y 950 centímetros cúbicos). Las innovaciones anatómicas y tecnológicas de esta especie permitieron que se elaborara un escenario en el que la primera colonización humana en Eurasia apareciera asociada a un significativo aumento de la capacidad craneal y al desarrollo de nuevas facultades locomotoras.

Sin embargo, los hallazgos de Dmanisi refutan esa hipótesis: los humanos que llegaron a la región caucásica tenían entre 600 y 750 centímetros cúbicos de capacidad cerebral y características anatómicas diferentes a las de Homo ergaster.

Las extremidades inferiores de Homo georgicus se asemejan mucho a las humanas (lo cual incide en sus características locomotoras) - subraya el Profesor David Lordkipanidze -, pero las superiores son más primitivas.

“Practicó la tecnología lítica denominada Modo I u Olduvayense (fabricó herramientas muy simples como lascas de piedra sin retocar o cantos tallados). Era carroñero y jugó un papel muy importante en los ecosistemas que habitó al entrar en competencia con otros depredadores.

“Los restos encontrados en el yacimiento de Dmanisi demuestran que la primera salida de los homínidos de África estuvo protagonizada por especies más arcaicas que el Homo ergaster y más próximas al Homo habilis (2,3-1,3 m.a.).

El profesor Jordi Agustí considera por su parte extraordinaria la importancia de los yacimientos de Dmanisi: “No solo por lo que puede aportar en el futuro; ahora mismo, a partir de los hallazgos del esqueleto postcraneal, recientemente publicado en la revista Nature, este yacimiento nos ofrece información acerca de cómo eran las primeras formas de nuestro género en África. Son datos mucho más fiables de los que existen en ese continente, porque allí el registro es muy discontinuo y los restos han sido reconstruidos a partir de miles de fragmentos.

“La conservación de los restos homínidos de Dmanisi es extraordinaria. Por tanto, este yacimiento no solo va a proporcionar las claves de la primera salida de África sino también las del origen del género Homo en el continente africano”.


-La forma de vivir en África que tenían los homínidos antes de emigrar a Asia varía mucho con respecto a la que después practicaron en Dmanisi?

-Probablemente no era muy diferente. Homo georgicus tenía un cerebro un poco mayor que un Australopithecus (uno de los géneros que antecedió a Homo). Por tanto, necesitaban un aporte de proteínas que no sacaban de la caza, porque eran más presas que depredadores; el alimento lo obtenían como carroñeros y también de la médula de los huesos que rompían con sus útiles. Esta forma de vida no varía mucho en relación con la que tenían en el este africano.

- Por eso usted piensa que en ese momento los homínidos formaban parte de todo el sistema ecológico?

-Sí. Nuestra historia es la historia de la independización del medio. Primero, como presas, formamos parte básica de la pirámide ecológica; luego, cuando nos convertimos en cazadores, en depredadores, nos situamos en la cúspide de ese sistema.

“A partir del neolítico, nos apartamos de la pirámide ecológica. Y en lugar de estar influidos por el medio natural, empezamos a cambiarlo a nuestro favor, con las consecuencias que sufrimos actualmente.

- Los restos humanos pleistocénicos de Dmanisi (1,8 m.a) y de Atapuerca, y específicamente, los de la Sima del Elefante (1,2 m.a.), del propio complejo arqueológico burgalés ¿tienen alguna relación?

-Es muy interesante que en Europa Occidental aparezcan ahora restos de homínidos próximos a la edad de los de Dmanisi. Ya sabíamos de la existencia de industrias líticas con una cronología cercana al yacimiento georgiano. En Europa está presentes, por ejemplo, en Orce, Granada, y en la propia Atapuerca. Pero no teníamos testimonio físico de los homínidos que fabricaron esas herramientas de piedra; no teníamos forma de investigar cómo eran aquellos seres humanos.

“El nuevo hallazgo de un molar de homínido de 1,2 millones de años, en la Sima del Elefante, Atapuerca, proporcionará las primeras claves para obtener esa información, y también para saber si se trata de una segunda migración o de un desplazamiento directo de los seres humanos de Dmanisi hasta la Península Ibérica”, agrega el Profesor Agustí.

-Entonces, de una manera u otra todos venimos de África?

- Todas las evidencias apuntan a que venimos de África por partida triple, porque probablemente hay varias migraciones fuera del continente africano y la que originó al Homo sapiens es la última. Eso no quiere decir que cada vez se vea más claro que no solo fue un viaje de ida, sino también de vuelta. Los homínidos viajaron de África a Asia y viceversa, y de Asia a Europa. La historia parece ser más complicada de lo que imaginábamos hasta hace algunos años.

“En el transcurso de solo una década nuestro panorama de esta parte de la evolución humana ha cambiado extraordinariamente, en relación con la primera salida de África y el conocimiento de lo ocurrido en los últimos dos millones de años. Nuestro punto de vista se ha enriquecido de manera considerable, gracias a sorpresas como las que nos ha ofrecido Dmanisi”, concluyó el investigador.

COLABORACIÓN CIENTÍFICA

David Lordkipanidze es el responsable de las investigaciones y excavaciones del yacimiento del Pleistoceno inferior de Dmanisi. Su equipo de trabajo mantiene una estrecha colaboración científica con el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), y también con el Proyecto Atapuerca.

El profesor Lordkipanidze también es Director del Museo Estatal de Georgia (Tiblisi) y del Departamento de Geología y Paleontología del Georgian Center for Prehistoric Research. Es profesor visitante de varias universidades, como la de París y Harvard. Tiene más de 60 publicaciones científicas en revistas como Science, Nature, Quaternaire y L´Anthropologie. Ha participado y dirigido numerosos proyectos de investigación. Recientemente fue nombrado miembro de la National Academy of Sciences de Estados Unidos.

Jordi Agustí forma parte del equipo internacional que participa en el proyecto arqueológico georgiano. Es profesor de Investigación en el Instituto de Paleoecología Humana de la Universidad de Rovira y Virgili, en Tarragona, y miembro de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona. Como paleontólogo su actividad científica se ha centrado en la paleobiología de los macromamíferos fósiles. Ha publicado más de 200 artículos en revistas científicas de ámbito internacional y dirigido diversos proyectos de investigación en Europa sobre la evolución de los ecosistemas terrestres durante el Neógeno y el Cuaternario. (Publicado en el periódico Juventud Rebelde, marzo de 2008)