domingo, 1 de mayo de 2011
Tiempos modernos
Subidas a los rieles de una época de cambio, la ciencia y tecnología contemporáneas reclaman un lugar en el podio de debates, refuerzan su condición de procesos sociales, mueven el engranaje de la vida.
Por Flor de Paz y Daymaris Martínez
Los relojes se deshacen, se desparraman, ruedan; amoldan su tic tac bajo el sol de nuevas épocas. Y van “tiernos, extravagantes, solitarios...”, meditaba Dalí en medio de la duermevela, cuando un empacho de queso francés le sirvió para intuir que la memoria es la única medida duradera.
Vienen a la mente los ecos de la revolución copernicana, que ya no es retro ni moderna, sino simplemente permanece en las imágenes poderosas de una ciencia “proveedora de certezas”, cuyo “épico” escapulario aún besan nuestros genes como herencia.
Así aprendimos a leer. Al pie de aquellos dogmas venidos a fe sobre una ciencia y tecnología “de arriba” que evadieron toda clase de escrutinio social, porque, como al salmo en Latín, muy pocas mentes entendían.
En 1927, cuando Metrópolis, la metáfora futurista del cineasta Fritz Lang recelaba de la deshumanización de la sociedad en manos de la cultura tecnológica, el mundo apenas despertaba a una tendencia conflictiva que el desparpajo del átomo terminó por confirmar en Hiroshima.
Las sociedades comenzaban a pedir cuentas. No solo en términos “proscritos” sobre el bien o el mal en nombre de la sabiduría, sino también sobre el talante de sus héroes, casualmente, encabezados por una élite de poder que ¿habría escrito la historia a su manera? Difícil contestar.
Clifford D. Conner rascaría su cabeza, aunque solo por un rato. Las respuestas las halló en su obra Historia popular de la ciencia: mineros, comadronas y mecánicos, cuyo objetivo, al decir del reconocido historiador norteamericano, es demostrar la contribución de “esas masas anónimas de personas humildes” a la construcción social de la ciencia.
“Es absurdo, escribió Conner, imaginar que la teoría cuántica o la estructura del ADN, son conceptos formulados por el conocimiento de trabajadores manuales o campesinos; pero es muy justo afirmar que si muchos éxitos científicos del siglo XX son obras de sublime perfección y refinamiento, no se lograron sin el aporte indiscutible del trabajo y la experiencia de las personas sencillas”.
Al otro lado del silencio
Hace casi medio siglo, Rachel Carson, una bióloga de formación y escritora de oficio, ponía al escrutinio de la luz su propio método científico alternativo, un punto de vista con el cual las observaciones e interpre¬taciones de la gente común eran tan importantes como las de los expertos.
“Vivimos en una era científica, sin embargo, asumimos que el conocimiento de la ciencia es prerrogativa de solo un pequeño número de seres humanos, aislados como sacerdotes en sus laboratorios”, denunciaba en La primavera silenciosa, persuadida de que, para la sabia, había lugar en los asuntos cotidianos.
Carson, a quien sus adversarios calumniaron por “sobrepasar los límites de su género y ciencia”, demostró cómo la ética de la comu-nidad servía como estándar para tomar decisiones acerca de los riesgos ambienta¬es, en los umbrales de una etapa creadora, donde los ideales clásicos dejaban de ser funcionales, porque las nuevas realidades hacían imposible el manejo del conocimiento.
Los viejos preceptos habían sido “completamente ciegos ante problemas de naturaleza global como la contaminación, convertida en un asunto que afectaba a la totalidad del pensamiento, sobre todo, con la toma de conciencia ambientalista”, comenta el filósofo y profesor Carlos Delgado, de la Universidad de La Habana.
Los saberes iban dejando de ser privilegio de un reducido grupo de eruditos, “dueños de la verdad”, según la versión fosilizada de un método científico “manipulado para estigmatizar conocimientos y prácticas -subraya-, como si existiera algo que garantice de ma¬nera tácita e infalible la obtención de certezas por un único camino. Esa es la falacia que pervive con el uso del término”.
Más a tono con su verdadero sentido sería hablar de un “modo en que la ciencia procede y ejecuta el proceso investigativo”. Pero, suponer que tales senderos llevan ineludiblemente a la verdad “es un favor muy flaco al concepto”.
A la larga, las nuevas investigaciones, tecnologías o conocimientos se basan en la probabilidad del error o en el descubrimiento de mejores enfoques, lo cual confirma al saber científico como un camino perfectible, “un rasgo distintivo de aquellos que no admiten autocorrección”.
Es obvio, añade el catedrático, por qué a estas alturas sería un mal intento llamar científica a cualquier práctica cotidiana solo porque a alguien le resulte funcional. “Como el arte del adivino, cuyo éxito no constituye ningún resultado científico porque, cuando no funciona, no cuenta. La ciencia, por el contrario, se caracteriza por un procedimiento que permite depurar ese tipo de error aleatorio. Y si hay tres éxitos y 50 fallos, entonces lo llama por un nombre: casualidad.
“Tampoco significa que algo no probado científicamente no pueda ser verdadero. Podría serlo y el nivel de la ciencia con¬temporánea no estar en condiciones de develarlo. O podría existir un nivel de verdad ‘no científica’, sino antropológica, de funcionamiento comunitario, porque hay un proceso de socialización y objetivación de ese conocimiento perfectamente funcional para un grupo de personas.
“Hay quien tradicionalmente se ha curado con alcohol, agua, o talco. Pero eso no significa que sean medicamentos. ¿Y dentro de una comunidad, quién asegura que no funcione determinado conocimiento
desde el punto de vista etnológico y antropológico para resolver incluso problemas de salud? Pero no es verdad científica. Esa es la diferencia”.
Girar la proa
Con los párpados agitados por la euforia, al ruedo sobre carriles de alta velocidad, la ciencia y tecnología modernas develan las paradojas de un torrente filosófico lento, donde los nuevos ideales no terminan de zarpar.
“Continuamos demandando conocimiento absoluto”, sentencia Delgado, mientras bromea sobre las desventuras de esos pronósticos del tiempo, con los cuales tantos mortales pierden los estribos porque olvidan qué significa probabilidad.
A ratos, “la construcción científica moderna se antoja una religión muy refinada”, ironiza. “Incluso el modelo de toma de decisiones en el mundo aún se sustenta en el credo de que la ciencia provee una certeza, a cuyo consejo ponen oído los aparatos administrativos y políticos, bajo el convencimiento del gran beneficio a la humanidad”.
Pero es un modelo en crisis. Las perspectivas en torno a la ciencia como proceso social desdicen los estilos tecnocráticos y autoritarios, mientras cambian las reglas de un jue¬go donde toda noción de civismo pasa por un protagonismo público real.
“Significa que la sociedad se eduque, participe y tome decisiones”, agrega Delgado. “Con los alimentos transgénicos, por ejemplo, no es lo mismo una decisión en manos de un grupo de representantes –aunque legítimos– que en las de una población conocedora de sus alternativas”.
Justo el pasado año, una encendida controversia en torno al maíz transgénico cubano (FR Bt1) puso sobre el tapete visiones divididas de un asunto, sin embargo, vedado a la opinión pública en la Isla. Capítulo gris para un mundo contemporáneo donde la velocidad, la oportunidad y el uso de la información han dejado de ser papeles secundarios.
Un factor parecía sintomático: la ausencia de canales de diálogo golpea también a una comunidad científica que encuentra obstruidos muchos de esos espacios, opina el doctor Jorge Núñez Jover, director de la Cátedra de Ciencia Tecnología y Sociedad, de la Universidad de La Habana.
No es fortuito, asegura, con la vista sobre el engranaje del sistema científico antillano. “Algunos sectores, incluso de expertos –sea en economía, salud, o energía–, no encuentran reflejados sus puntos de vista en las decisiones adoptadas. Tampoco está creado el canal para influir sobre ellas. Entonces, se pierde la posibilidad de utilizar la inteligencia y creatividad colectivas para encontrar mejores soluciones a los problemas”.
“En esa desventura está no solo la ciencia, sino toda la realidad cubana”, apunta la periodista Rosa Miriam Elizalde, persuadida de los costosos divorcios entre el debate y la experiencia vital, sobre todo en una época de profundos cambios tecnológicos que han barrido el paradigma de la comunicación unidireccional.
“Por tanto, esa percepción de que lo silenciado no existe, estos esquemas rígidos de pensar la realidad como reflejo de lo que se quiere de ella, solo conllevan a un distanciamiento de la realidad misma. El divorcio entre el suceso social y la reacción de los medios, pudo ser perfectamente funcional en los años 70. Pero ya no. No con toda esta permeabilidad de la información”.
Ceros y unos
Miércoles, 20 de octubre. Por la ventana apaisada se cuelan la ciudad, el smog, los timbres de teléfonos, y el aroma mañanero que despierta a un pequeño ordenador portátil capaz de la aventura de la web 2.0.
Cubadebate se hace así, sin grandes artificios ni caudales financieros, “porque es un laboratorio, un experimento donde lo portentoso es el poder de la creatividad”, asegura Elizalde, editora del sitio, después de un sorbo de café y cuatro horas de sueño que completan la rutina de “otro día normal”.
Lo fascinante, confiesa, es trabajar por el enriquecimiento de esa plataforma para la participación plural. “De hecho, son los usuarios quienes modelan los contenidos, con lo cual, lo importante es estar donde estén las audiencias, porque hoy más que nunca se impone escuchar”.
Con la revolución de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TICs), un nuevo poder basado en el conocimiento estremece los andamios de la prensa universal. Los flujos de la noticia desbordan el dique de los medios tradicionales, mientras el huracán de los unos y los ceros complejiza la dinámica de la urdimbre social.
No es posible vivir de espaldas a esos retos, subraya Rosa Miriam, mucho menos en el contexto de una sociedad con amplio acceso a la educación, con competencias entrenadas para el pensamiento: “Ahora mismo, pese a su restringida aproximación a las TICs, Cuba ha sido considerada por la UIT (Unión Internacional de las Telecomunicaciones), como la cuarta nación del mundo en el orden de la expresión de habilidades, por encima de varios países desarrollados como Noruega, por ejemplo”.
Una nueva cultura parece indetenible, la del demos articulado en la periferia de los centros del poder mediático, donde el debate, el ejercicio consciente del pensamiento, ha pasado de ser un inciso opcional.
“Sin embargo, nuestros canales de discusión están como ocluidos o, al menos, no lo suficientemente dispuestos a canalizar toda esa energía y creatividad”, advierte Núñez Jover, en lo que considera un problema no solo mediático, también “científico, social y político; porque forma parte de una cultura de participación, de implicación, de enriquecimiento del pensar colectivo.
“Se trata de un asunto con implicaciones para el mundo de la cultura cotidiana. Porque el debate no tiene que ser exclusivamente científico, entre científicos, o para reclamar un enfoque científico. El propio tema de la selección cubana de beisbol y sus resultados pertenece al patrimonio de la sociedad. Pero, ¿se permite o no que la riqueza del pensamiento colectivo converja en un análisis? ¿Es este un asunto reducido a un grupo de expertos? ¿Y la población?, ¿tiene la capacidad de discutirlo con argumentos?
“Ahora mismo, los proyectos que el país está alentando, incluyen un cambio cultural en un régimen de participación y aprovechamiento de la inteligencia colectiva que no se está dando en la mejor medida”. Ese cambio, apunta Jover, tiene que marchar en paralelo con las grandes transformaciones pretendidas.
“De modo que, poner la ciencia a trabajar es, justamente, hacer funcionar esa capacidad de discutir con argumentos, de ver las cosas con diferentes puntos de vista, de presentar los hechos como evidencia. Eso tiene que ver con las decisiones políticas, con la organización de la sociedad; y también con la pelota, la agricultura, la salud, la educación. Cualquier asunto humano reclama una aproximación lo más científica posible”.
Puentes, imagina, entre la participación social y el uso de los enfoques científicos para propiciarla; donde el dogmatismo, las decisiones unilaterales y la falta de disposición al debate, no serían más que la antítesis de esa nueva ciencia, donde caben Einstein, Dalí, los estadios, y la masa del queso camembert por la velocidad de la luz al cuadrado.
Tiro al blanco...
El cambio de paradigmas experimentado por la ciencia contemporánea encuentra una de sus expresiones en la evolución que han tenido las terapéuticas contra el cáncer, centradas hoy en la transformación del concepto generador de tratamientos y la forma de evaluar el estado de salud del paciente.
Nuevas estrategias, fundamentadas en enfoques menos radicales, consiguen una mayor efectividad que la alcanzada con métodos clásicos de “ataque”, como las radiaciones y la qui¬mioterapia, aunque estas últimas no quedan desechadas.
Se abre paso la llamada medicina personalizada o contra blancos moleculares, que persigue convertir al cáncer en una enfermedad crónica controlable, tal como ocurre con la hipertensión o la diabetes.
Las drogas contra blancos moleculares están dirigidas a revertir la disfunción de determinadas proteínas (el producto de los genes), que de alguna manera no cumplen adecuadamente su cometido. “Los tratamientos son aplicados según los tipos de tumores y pacientes”, precisa el doctor Rolando Pérez, director de Investigaciones del Centro de Inmunología Molecular (CIM). “Además, pueden ser administrados de manera siste¬mática dada su baja toxicidad para el tejido sano. Cuando la enfermedad retoma terreno en el paciente, se utiliza otra droga disímil, en dependencia de cómo el tumor haya escapado de los efectos de la aplicada anteriormente. Mediante combinaciones y líneas terapéuticas diferentes, la enfermedad puede ser mantenida bajo control mucho más tiempo.
“Hoy podemos entender cómo una célula normal se convierte en maligna e interferir así en su crecimiento autónomo, para disminuir su capacidad de invasión y metástasis.
“La comprensión de cómo los tumores interaccionan con el sistema inmune también ha propiciado el surgimiento de las nuevas estrategias. Sabemos que las células tumorales escapan a la acción del sistema inmune y, además, lo utilizan en su beneficio”, agrega.
Pero no es la inmunoterapia el único instrumento que se inserta en esta nueva estrategia de medicina personalizada. Existen otras moléculas como las que inhiben los procesos de proliferación.
No basta, sin embargo, con tener nuevas drogas capaces de ampliar las expectativas en el tratamiento del cáncer. Se requiere, asimismo, de un cambio de mentalidad a la hora de evaluar sus efectos. “Con la terapéutica contra blancos los tumores se reducen poco, aunque se mantienen más controlados”, acota el investigador.
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Ideales de la ciencia contempóranea
sábado, 26 de marzo de 2011
Eudald Carbonell: nueve días en La Habana
Por Flor de Paz. Foto: Gizéh Rangel
Por tercera vez volvió a Cuba el arqueólogo español Eudald Carbonell, uno de los principales protagonistas de los hitos de Atapuerca y de los cambios que los hallazgos de la sierra burgalesa han conllevado para el conocimiento sobre la evolución humana.
Ahora sabemos que los humanos llegaron a Europa mucho antes de lo que se pensaba hasta hace muy poco. Las investigaciones científicas realizadas por el equipo que codirige este catedrático, Premio Príncipe de Asturias en Ciencia y Tecnología, han modificado los fechados y concepciones sobre la expansión de los homínidos por el continente euroasiático.
Más de treinta años de excavaciones arqueológicas han permitido que Atapuerca haya tributado centenares de fósiles humanos al registro mundial. Pero este yacimiento no es solo un aportador de pruebas de la exitencia humana en Europa hace más de un millón de años. Eudald lo reintera una y otra vez: “Lo importante de saber cómo hemos sido es que nos ayuda a explicarnos cómo somos”.
Homo sapiens es la última hoja que cuelga del árbol de la evolución, ha dicho alguna vez el eminente científico. Y a partir de ese presupuesto alerta que es urgente que los humanos desarrollemos lo que él denomina una conciencia crítica de especie. Aunque piensa que esta no llegará a tiempo para salvarnos de un colapso que provocará la pérdida de una buena parte de los congéneres.
Este es el discurso, sabio y realista, que el doctor Carbonell (como suelen llamarle algunos colegas en Cuba) formuló durante nueve días en La Habana, a donde llegó con una agenda poco cargada y que luego fue engrosándose por las numerosas peticiones de escucharle de nuevo en uno u otro sitio.
Atapuerca en la evolución humana (su conferencia magistral para el Congreso de Antropología) fue pronunciada un par de veces más por el científico; una, en el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de La Habana; otra, en el Colegio Universitario de San Gerómino, donde ya había impartido Emergencia y socialización de la ciencia.
El propio Gabinete de Arqueología le había recibido días antes, ocasión en la que Roger Arazcaeta, director de la institución, mostró a su colega la estructuración del centro, algunas excavaciones en proceso y una publicación anual con que cuenta, la cual Carbonell se comprometió a honrar con un artículo de su autoría.
Al intenso proceso de intercambios y conferencias desarrollados en el Casco Histórico de La Habana, se sucedió el encuentro con el doctor Eusebio Leal, artífice mayor de la obra que tiene lugar en este enclave citadino.
Durante el diálogo, el más importante restaurador social del patrimonio cubano dijo que estaba maravillado con las noticias que llegaban de Atapuerca, porque cambian completamente una visión muy limitada que se tenía de la historia de la humanidad, y sentenció: “La Habana Vieja es una Atapuerca grande donde perviven huellas de nuestra cultura, y el trabajo de arqueología urbana del período histórico que aquí se desarrolla ha dado un sentido de ser a la restauración arquitectónica”.
Para Carbonell la intervención que tiene lugar en La Habana Vieja se enlaza con su concepto de patrimonio como registro, y que según ha escrito “ se ha de entender como un objeto que articula realidades humanas a escala sincrónica y diacrónica; se trata de la expresión material más consistente de los proyectos de humanización que dejan rastros sociales e históricos”.
Otra experiencia expuesta por el reconocido arqueólogo fue la de la socialización del Proyecto Atapuerca, que ha calado profundamente en la sociedad española, y junto a otros factores, ha contribuido a que sea actualmente la más laica de la región.
Un contacto con los profesores de la cátedra Ciencia, Tecnología y Sociedad, estuvo matizado por el debate filosófico acerca de cómo desarrollar la llamada conciencia crítica de especie expuesta por Carbonell.
Según el Profesor Carlos Delgado, miembro del colectivo científico, esta conciencia no solo puede contextualizarse en la ciencia, porque la ciencia se ha construido en el mismo entorno valorativo en que hemos edificado la religión y los modos de sentir que tenemos hoy. “Y si hay un ocurantismo religioso, también hay un ocurantismo científico y tecnológico, y con ambos sucede lo mismo: cuando uno es parte de ese oscurantismo, no lo ve”.
En otra reunión con los actuales maestrantes de la especialidad, el pensador español subrayó la importancia de la socialización de la ciencia, teniendo en cuenta que esta, junto a la tecnología, se hallan en la base de la emergencia de nuestra especie, en lo cual son determinates la experiencia y la educación que están en el medio humano.
Las estrategias seguidas para hacer llegar al público el conocimiento generado desde la ciencia fue el tema central de su encuentro con una parte del colectivo de la revista Juventud Técnica, donde Eudald significó que hay que pasar de la divulgación de la ciencia a su socialización. “La primera brinda un acervo de conocimientos mientras que la otra condiciona pensamientos y actitudes, esa es la diferencia”, dijo.
De recorrido por las instalaciones del Museo de Historia Natural Carbonell entró en contacto con la labor científica, de conservación y museística, que desarrolla la institución. En el intercambio con el geo-paleontólogo Reinaldo Rojas, su director, fue destacada la importancia de la ciencia tafonómica y sus aplicaciones en la arqueología. Durante el trayecto por la edificación el científico español también visitó las oficinas de la Sociedad Cubana de Geología, donde fue recibido el Doctor Manuel Iturralde, presidente de la organización científica.
Momento especial fue el diálogo sostenido por el catedrático español con el Doctor Vicente Berovides, uno de los más notables estudiosos de la evolución humana en Cuba. El anfitrión al resumir sus impresiones sobre el visitante expresó: “Sin lugar a dudas, los aportes del Doctor Carbonell y su grupo han trascendido el ámbito de su país y son hoy un legítimo patrimonio del conocimiento universal, que arrojan luz sobre nuestro pasado y futuro evolutivo. Este hombre ha hecho una contribución brillante, a través de la Fundación Atapuerca y de sus famosos hallazgos sobre la evolución humana en Europa; pero también se proyecta de manera sabia en el futuro del hombre como especie biosocial, hecho que refleja en sus más de 25 obras científicas, cuya idea central es la teoría de la socialización de los conocimientos tecnológicos y científicos, con énfasis en la selección tecnológica, que algún día la humanidad alcanzará como punto de giro crucial de su evolución biosocial”.
lunes, 21 de marzo de 2011
"La Habana Vieja es una Atapuerca grande"
Expresó el historiador Eusebio Leal Spengler durante un diálogo con el arqueológo español Eudald Carbonell, en el que hizo un paralelo entre ambas instituciones Patrimonio de la Humanidad
Por Flor de Paz
Un breve encuentro entre Eudald Carbonell Roura y Eusebio Leal Spengler tuvo lugar en la mañana de este lunes en la sede de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.
En el diálogo el más importante restaurador social del patrimonio cubano dijo que estaba maravillado con las noticias que llegaban de Atapuerca, porque cambian completamente una visión muy limitada que se tenía de la historia de la humanidad. Reconoció asimismo que es impresionante como desde un solo lugar se ha podido renovar el conocimiento sobre la evolución humana.
“En Atapuerca hemos conseguido información desperdigada durante centenares de años y todo esto cambia absolutamente el concepto de evolución en Euroasia”, acotó el arqueólogo español, ante lo cual Leal Spengler subrayó el gran reconocimiento que tiene en España los resultados alcanzados por el equipo científico.
Hemos propiciado un cambio de mentalidad, agregó Carbonell Roura. “Pasamos de ser la reserva espiritual de occidente a ser uno de los países más laicos de Europa, y en esta transformación tiene mucho que ver la teoría de la evolución que hemos socializado”.
El codirector de los yacimientos burgaleses agregó además que en Atapuerca han conseguido crear una estructura compleja: un Museo, una fundación, dos centros de interpretación y tres de investigaciones (con cuatro universidades asociadas: la Complutense de Madrid, Tarragona, Burgos y Zaragoza) todo lo cual está encaminado a convertirse en un sistema social científico de primer orden.
Eudald Carbonell y Eusebio Leal intercambian impresiones sobre los proyectos que dirigen.
Para Eusebio Leal la Habana Vieja es una Atapuerca grande donde perviven huellas de nuestra cultura ,y el trabajo de arqueología urbana del período histórico que aquí se desarrolla ha dado un sentido de ser a la restauración arquitectónica.
En esta dirección Carbonell Roura explicó que había realizado un pequeño estudio teórico sobre la ciudad patrimonial como ciudad educadora, basado en el contexto del enclave romano de Tarragona, también Patrimonio de la Humanidad.
Al respecto el científico español ha escrito en su libro El nacimiento de una nueva conciencia que “el patrimonio como registro se ha de entender como un objeto que articula realidades humanas a escala sincrónica y diacrónica; se trata de la expresión material más consistente de los proyectos de humanización que dejan rastros sociales e históricos. Es por eso que se puede intervenir científicamente; tiempo y espacio material vinculan la vida de los ciudadanos en los diferentes momentos de su constructo económico y social.
“Las intervenciones sobre el patrimonio en forma de excavaciones, rehabilitaciones y restauraciones también dinamizan la imagen de ciudad que se auto educa preservando sistemáticamente su pasado para poderlo vivir con plenitud histórica”
Al finalizar el diálogo Eudald Carbonell, a nombre de los tres codirectores del Proyecto Atapuerca, invitó a Eusebio Leal a visitar los yacimientos pleistocenos de Burgos y el complejo museístico de esta ciudad y de los municipios de Ibeas y Atapuerca, a través de la Fundación del mismo nombre.
martes, 8 de marzo de 2011
IMPARTIRÁ CONFERENCIAS EN CUBA EL NOTABLE ARQUEÓLOGO ESPAÑOL EUDALD CARBONELL
El Profesor Eudald Carbonell Roura, codirector de los yacimientos pleistocenos de la Sierra de Atapuerca (Burgos, España), visitará La Habana entre el 13 y 23 del presente mes de marzo para asistir al Congreso ANTROPHOS 2011, y en el que impartirá una conferencia magistral titulada Atapuerca en la evolución humana.
Como parte de sus actividades en Cuba, el paleontólogo y catedrático español, Premio Príncipe de Asturias en Ciencia y Tecnología, también disertará en el Colegio San Gerónimo de La Habana. Su intervención en la institución universitaria, bajo el título Emergencia y socialización de la ciencia, estará dirigida al público no especializado y tendrá lugar el día 21 de marzo a las tres de la tarde.
Carbonell Roura trabaja desde hace más de 30 años en los conocidos yacimientos de Atapuerca donde han sido encontrados restos humanos de hasta 1,2 millones de años de antigüedad y descubierta una nueva especie de homínido: el Homo antecessor.
La Sierra de Atapuerca (Patrimonio de la Humanidad) también ha aportado la primera prueba de canibalismo de la historia, hace un millón de años, y el primer enterramiento en la evolución humana hace 500 mil. En total, allí han sido hallados más de 6000 fósiles humanos.
El Proyecto del mismo nombre, encaminado a convertirse en un sistema socializador del conocimiento científico, se ha enriquecido recientemente con la inauguración del Museo de la Evolución Humana (MEH): una vidriera gigante donde se muestran los trabajos más importantes de Atapuerca, la evolución biológica y cultural de la humanidad y su relación con el medio natural.
En el entorno la Fundación Atapuerca, del Centro de Investigaciones para la Evolución Humana (CENIEH) y de los centros de interpretación y los propios yacimientos, el MEH completa el conjunto de instituciones burgalesas que ofrecen una panorámica única sobre el fenómeno evolutivo.
Eudald Carbonell Roura es protagonista excepcional de todos estos acontecimientos sociocientíficos, además dirige el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), ubicado en la ciudad de Tarragona. Esta es su tercera visita a Cuba. (Flor de Paz)
viernes, 7 de enero de 2011
La universidad traza el camino de la sabiduría
Palabras del Dr. Eusebio Leal Spengler en el acto de conmemoración del 283 aniversario de la fundación de la Universidad de La Habana, en el Colegio Universitario San Gerónimo.
Decanos y miembros del claustro universitario, jóvenes compañeros de la Federación Estudiantil Universitaria, alumnos y profesores del Colegio Universitario, venerables frailes de la Orden de Santo Domingo, queridas compañeras y compañeros:
En el día de hoy celebramos un aniversario de la fundación de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana. Fue una ardua tarea aquella que asumieron los Padres Predicadores para convencer a la Corona de la necesidad y urgencia de crear en la isla de Cuba una universidad propia, una institución académica permanente para la cultura, una institución capaz de crear en el país un fermento cultural y científico que marcase su destino futuro.
Aquel 5 de enero de 1728 fue finalmente establecida, con el pacto tácito de darle el nombre de San Gerónimo —no por el ilustre y grande hombre, heredero de Orígenes, sino para hallar conciliación con los intereses dispares de la mitra y la oposición presentada circunstancialmente por el obispo Gerónimo de Nosti y Valdés—, con el título de La Habana y con el carácter de Real y Pontificia a partir de las bulas expedidas por el pontificado, por el Papa reinante, para que esto fuese posible. Sus privilegios aparecen escritos en una lápida monumental con un peso de 8 toneladas que fue colocada en la fachada de este edificio en el momento en que la restauración se hizo una realidad.
Se buscaba entonces conciliar contenido y continente, de acuerdo con la expectativa planteada por las palabras del jefe de la Revolución, comandante Fidel Castro Ruz, que durante una memorable visita meditaba en qué hacer con este edificio surgido como un anacronismo en el corazón del Centro Histórico, proclamado ya Patrimonio de la Humanidad: no era posible demoler sin dejar un gran vacío en este espacio que se dañaría terriblemente con la evacuación de miles de toneladas de escombros, sin obtener ningún resultado positivo.
Quizás la metáfora de la crisálida y la mariposa fue lo más importante: considerar la reconstrucción virtual del espacio, sin mentir, sin aspirar a formas que ya no sería posible rescatar más que en la memoria, en los grabados y en los mapas y planos. Eran inútiles las excavaciones
arqueológicas, porque el edificio, sólidamente construido con un fin profano, había borrado todas las huellas del pasado. Solo quedaba un nicho con unas piedras, donde se levantaron, con la autorización del ministro de Educación en aquel momento, dos columnas conmemorativas sobre las cuales se colocó la campana de la universidad, la llamada “campana de grado”, que la orden de Santo Domingo había cedido al alto centro de estudios a partir de la gestión permanente, firme y persuasiva del historiador, doctor Delio Carrera, nuestro querido académico y maestro.
De esa manera surgió aquella torre provisoria y aquellas piedras que buscaban en el pasado el fundamento. Tal vez ellas nos repetían el principio de que ha de rastrearse el futuro a partir del pasado, y que solamente queda negado per se lo inútil, lo perecedero, lo que no tiene importancia, lo que se lleva el viento, la hojarasca, pero las virtudes, la grandeza, la fuerza moral, la incontrastable virtud de los fundadores debía ser resaltada. Por eso colocamos en la sala algunos símbolos necesarios para hacer esta meditación: el primero, en el atrio o paraninfo del aula magna, la Palas Atenea, originaria de la casa de altos estudios, y, al pie suyo, el búho, símbolo de la sabiduría; un búho de plata que fuese como un exvoto de nuestra fe en el futuro.
Recuerdo aquel día en que en una obra de construcción aún inacabada, en medio del polvo y de una borrasca repentina, el magnífico rector en aquel momento, compañero Juan Vela Valdés, nos entregó el mandato por el cual la universidad podía constituir una facultad en este sitio: el Colegio San Gerónimo de La Habana. Aquello había sido el fruto de un largo debate, porque era fácil crear una determinada disciplina de estudios, pero muy difícil constituir una carrera nueva, una carrera que surgía al calor de aquel mandato del jefe de la Revolución: que se estudiase en ella lo que no se hacía en ningún otro lugar, que se buscase formar en disciplinas superiores a quienes han de cuidar por hoy y para mañana los bienes del patrimonio cultural, mueble e inmueble, tangible e intangible, los bienes espirituales, los que flotan sobre la conciencia de la sociedad, los que tomamos en forma de cosas físicas o aquellos elementos inmateriales.
De esa manera surgió el colegio, y se cumplió entonces el misterio: rompiose la crisálida, insólita en este conjunto de bellezas; desapareció virtualmente la memoria de una terminal de helicópteros anacrónica en una sociedad en que primaba el analfabetismo y en donde era tan difícil para las grandes mayorías acceder a la educación superior, y surgió el colegio como contenido perfecto que fue reuniendo en él todo aquello que era de valor, primero en cosas y luego en la condición humana de los que, venciendo las pruebas necesarias, indispensables para ingresar en la academia, forman parte hoy del alumnado del colegio y lucen por primera vez en el día de hoy sus togas de estudio, que llevan bordado el escudo de la Universidad de La Habana, el escudo histórico en el que aparece San Gerónimo clamando por la sabiduría y la perfección, golpeándose el pecho con una piedra y a sus pies, sedente, un león sometido por el talento. Es el antecesor de los otros símbolos universitarios, ya no presididos por el escudo real, sino pertenecientes a una casa convertida primero en universidad literaria, laica por naturaleza, luego en universidad nacional, y finalmente en la gloriosa Universidad de La Habana, la más antigua, primum inter pares de las universidades cubanas actuales.
¿Qué pedimos a la universidad?, me preguntó un día un profesor de mucho mérito. Pedimos a ella la sabiduría, la plenitud del conocimiento. Ella ha de darnos un camino, ha de otorgarnos un derrotero, aunque no solucionará todos los problemas de la insaciable necesidad de saber del hombre, pues eso será el fruto del esfuerzo individual, del trabajo de todos los días. La universidad traza caminos y quizás en ella esté escrito el apotegma que el famoso científico y sabio mayor de las ciencias sociales trazó a sus discípulos: “el que quiera seguirme debe saber ir de lo general a lo particular y viceversa”. 

“Parte del alumnado del colegio luce por primera vez en el día de hoy sus togas de estudio, que llevan bordado el escudo de la Universidad de La Habana, el escudo histórico en el que aparece San Gerónimo clamando por la sabiduría y la perfección, golpeándose el pecho con una piedra, y a sus pies, sedente, un león sometido por el talento”.

Esa búsqueda de la educación general e integral debe centrarse en la necesidad de saber, en la avidez de conocimiento, no solo para ocupar un espacio en la sociedad en el desempeño de una profesión, que es aspiración legítima, sino para poseer el elemento que verdaderamente libera al ser humano de cualquier esclavitud y cumplir la máxima aspiración de disfrutar la libertad suprema de cuerpo y de alma. Esa fue la respuesta: buscar en la universidad la sabiduría. No se ha de exigir para ingresar en ella otra cualidad —a una edad en que es propio estudiar y acogerse a los estudios superiores— que esa voluntad, y corresponde a la universidad, a sus instituciones políticas y académicas, a sus organizaciones estudiantiles, hacer lo que hicieron en todo tiempo en Cuba y en el mundo entero: forjar hombres y mujeres de virtud, como revolucionarios, porque todo joven lo es por naturaleza frente a sus padres, frente a la sociedad, frente al tiempo que le tocó vivir.
Sería equivocado invertir el principio y tratar de hallar, como en tiempos de la universidad confesional, una confesión para ingresar en ella. Lo más importante es la aspiración de ingresar, y luego, alcanzar la corona del saber. Dentro de la universidad tenemos el deber de enseñar virtud, rectitud, de guiar a los estudiantes por el pensamiento de los dos grandes maestros pedagogos que tienen asiento perenne en esta sala: José de la Luz y Caballero, el venerable, el padre de la educación cubana, el maestro de pedagogía, el doctor de doctores, y Enrique José Varona, el autor de la reforma, el que representa en sí mismo la evolución del pensamiento cubano, el que murió convertido en el adalid de la juventud de su patria, en el símbolo de la virtud que buscó en él Julio Antonio Mella, que buscaron en él aquellos que tuvieron el valor de seguir a quien Pablo Neruda llamó una vez el apolíneo de la juventud cubana, el discóbolo de la juventud cubana, el joven Mella, que fue algo más que el fundador de la FEU, fue un dirigente político. Fidel exclamó una vez que pocos hicieron tanto en tan poco tiempo, y es verdad. Ese fue su verdadero destino. A ese hermoso perfil, a esa hermosa figura, rinde culto permanente la juventud cubana. En el aula magna está encerrado el misterio de su vida, pues allí, junto al general del Ejército Libertador Eusebio Hernández y al profesor Rodríguez Lendián, defendió el cambio y la transformación de una academia caduca en una universidad moderna y atisbó un porvenir en que la juventud descendería por aquella escalinata, que en su tiempo era obra nueva, para convertirse en un símbolo de toda la América y del movimiento revolucionario mundial.
Serían los estudiantes en Cuba una parte de un proceso que hasta ese momento solo estaba reservado por los clásicos a la clase obrera y al campesinado. Ahora, además de los intelectuales, que serían el fruto de la educación, estaban los estudiantes, que en larga batalla descendieron en tantas ocasiones a librar sus querellas por la justicia social, por el cambio radical, por la transformación no solamente de Cuba, sino de América y del mundo. Por eso nos sentimos orgullosos de este campo universitario, por eso miramos con orgullo esa colina, que es para nosotros como el Ágora de Atenas, por eso conservamos ese paraninfo y lo tenemos como el lugar de honor desde el cual debemos partir, por eso todos nos sentimos abrazados por las manos extendidas del Alma Mater que Korbel esculpió para La Habana, y que levantado en su hermoso pedestal, es el símbolo de su abrazo perpetuo a todas las generaciones.
Nos acercamos ya al tercer centenario de la Universidad de La Habana. Es mucho tiempo, porque en breve, con la conmemoración por parte de la villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa de su quinto centenario, comienzan a cumplir cinco siglos de fundadas las distintas ciudades cubanas. No se trata de conmemorar que un grupo de conquistadores, al pie de un árbol o un río, fundaran una villa o un campamento militar sobre tierras indígenas. Se trata de conmemorar un acumulado de civilización, de batallas, de resistencias, de virtudes, de arquitectura, de arte, de pensamiento y de identidad. Si tomásemos una imagen de esta sala, veríamos cómo es ese pequeño universo que Bolívar representó y describió en Jamaica y en Angostura como un pequeño género humano. Así somos: están en nuestros rostros y en nuestros perfiles todos los acentos, todos los matices, todos los colores. Somos así: una diversidad en la unidad, y esa es precisamente la hermosura, el poder y la grandeza de este pequeño pueblo que se llama Cuba, el misterioso nombre que Cristóbal Colón escuchó en las aguas del Caribe, horas o días antes de llegar a la isla mayor de las que fueron llamadas Antillas. Fue inútil concederle otro nombre: Juana, Fernandina…. No, prevaleció el nombre breve, poético, importante y trascendental de Cuba, y gracias a eso nos sentimos cubanos y podemos asumir las hermosas palabras de José Martí: “¡Qué dulcísimo misterio tiene esa palabra: cubanos!”. (Dirección de Patrimonio Cultural. Fotos: Néstor Martí e Ilemis Roca))
domingo, 21 de noviembre de 2010
¿Hijos de romances inoportunos?

Investigaciones recientes avalan que Homo sapiens y Homo neanderthalensis se cruzaron y, por lo tanto, tuvieron descendencia. El descubrimiento suscita nuevas expectativas en los estudiosos de la evolución humana y revive los enigmas de la especie extinguida
Por Flor de Paz
La familia neandertal es moderna. Integra a más de cinco individuos y a menos de una docena. Allí donde se establece, sus miembros organizan el hogar, se protegen entre sí, dan calor a sus alimentos y resisten las bajas temperaturas.
Viven durante el pleistoceno medio y superior, entre 200 mil y 30 mil años antes del presente. Cultural y anatómicamente son muy parecidos a los sapiens. Disponen de un pensamiento simbólico; tienen un lenguaje articulado; desarrollan una tecnología compleja; usan el fuego; crean adornos personales y entierran a sus difuntos.
Altos y robustos, los machos miden un promedio de 1,70 metros y las hembras diez centímetros menos. Algunos son pelirrojos y de piel clara. Su capacidad craneal no tiene precedentes en la historia de la evolución humana. Habitan en cuevas o al aire libre; son caníbales, grandes cazadores-recolectores, super carnívoros e, incluso, ensayan formas para preservar la carne de los animales que cazan.
Por su comportamiento adelantado y la manera en que desaparecieron, alrededor de los neandertales han sido tejidas distintas polémicas.
Su coincidencia temporal y espacial con los humanos anatómicamente modernos o cromañones en el escenario pleistocénico euroasiático despierta suspicacia, y no son pocos los que creen que fueron estos los responsables de su extinción.
Pero, “no debe pensarse que los humanos modernos avanzaron de este a oeste como una apisonadora que extinguía a todos los neandertales a su paso. Durante miles de años unos y otros debieron de repartirse el mapa de Europa, formando un mosaico de poblaciones entremezcladas”, apuntan Juan Luis Arsuaga (codirector del Proyecto Atapuerca) e Ignacio Martínez en el libro La especie elegida.
Que neandertales y sapiens hayan tenido contacto es, sin dudas, el núcleo del asunto. Al respecto está sobre la mesa el posible entrecruzamiento de ambas especies, tema al que ha dirigido sus investigaciones un equipo del Instituto Max-Planck, de Antropología Evolutiva, de Leipzig, Alemania, cuyos resultados publicó recientemente la revista Science.
Tus genes en mí
Hallar material genético en fósiles es siempre una labor compleja, entre otras razones por su poca pervivencia en los restos óseos y por el cuidado que merece la conservación de esas riquezas prehistóricas.
Aun así, el equipo alemán encabezado por Svante Pääbo logró realizar el primer examen de ADN sobre huesos de tres individuos neandertales, los cuales comparó con genomas de cinco humanos actuales de África del Sur, África Occidental, Nueva Guinea, China y Francia.
Entre los resultados más importantes los científicos observaron la inexistencia de un aporte significativo de la especie extinguida al patrimonio genético del Homo sapiens.
“Fue moderada, cuando neandertales y sapiens se encontraron en el Medio Oriente, tras la salida de los humanos primitivos de África y antes de que se extendieran hacia Eurasia”, informa Science.
Esta mezcla entre ambas especies es vista por Eudald Carbonell, codirector del Proyecto Atapuerca, como “cruces marginales y probablemente de algunos miles de ejemplares”, según lo escribe en su blog Sapiens del periódico El Mundo.
A la vez, el científico considera como el más interesante resultado del estudio genético el haber podido constatar una vez más que desde hace 80 mil años fueron los especímenes del Próximo Oriente* quienes colonizaron los territorios fuera de África.
Asimismo indica que si estas dos especies pudieron reproducirse fue porque tuvieron un antecesor común muy cercano.
Sin romper la baraja
Un punto de vista diferente acerca del estudio de Pääbo tiene José María Bermúdez de Castro, director del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) y también codirector del Proyecto Atapuerca.
Según opiniones del científico, recogidas en el blog La ciencia es la única noticia, del diario Público, él no es partidario de reescribir toda la historia de la evolución humana. Y dice:
“Los últimos análisis del ADN antiguo de los neandertales sugieren que estos homínidos se cruzaron en el Próximo Oriente con las poblaciones africanas de las que descendemos los humanos, y tuvieron descendencia fértil. De acuerdo con las estimaciones de diferentes estudios del ADN de los neandertales, el linaje de estos y el de los humanos recientes se separaron hace casi un millón de años”. (Ambas especies pertenecen a líneas evolutivas diferentes).
“Sin embargo, las dos poblaciones estaban todavía lo suficientemente próximas en términos filogenéticos como para poder hibridar y producir descendencia fértil. Aunque este fenómeno pudo ser puntual y suceder solo en una región donde coexistieron durante muchos milenios, deberíamos aceptar que neandertales y humanos modernos pertenecemos a la misma especie. Y esta conclusión nos llevaría a una situación embarazosa. La mayoría de las especies del género Homo están más próximas entre sí que los humanos modernos y los neandertales. De ese modo, aunque no podamos extraer ADN de esas especies, todas ellas quedarían bajo sospecha.
“Con sinceridad, no soy partidario de reescribir toda la historia de la evolución humana por culpa de romances inoportunos ocurridos hace entre cien mil y 50 mil años en el Próximo Oriente. Con ingenio y sin romper la baraja, los resultados del equipo de Svante Pääbo podrían ayudarnos a despejar muchas de las incógnitas que aún quedan por resolver”.
Hijos huérfanos
Otro dato reciente acerca de los neandertales fue obtenido mediante un estudio realizado por el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), de Burgos, y la Universidad de Granada.
Mediante el análisis de los dientes de casi todas las especies de homínidos que han existido en los últimos cuatro millones de años, los científicos concluyeron que no parece ser el Homo heidelbergensis el antecesor de los neanderthalensis, según se creía.
“De todas las especies de homínidos que se conocen actualmente, ninguna tiene probabilidades superiores al cinco por ciento de ser la predecesora a los neandertales y al Homo sapiens, por lo que es probable que el último ancestro común de estos dos linajes no se haya encontrado todavía”, advirtió Aida Gómez Robles, autora de la investigación española.
Eudald Carbonell, quien ha dirigido durante 30 años las excavaciones del yacimiento barcelonés de neandertales Abric Romaní, reflexiona: “Desaparecieron en Gibraltar hace 24 mil años, quedan arrinconados allí y se extinguen cuando el sapiens ya ha penetrado por toda Europa. “Este hecho indica cómo se resistieron a la desaparición”. ¿Causas? “Seguramente la desestructuración de sus redes”.
Tal es la dinámica de la ciencia, unas y otras hipótesis entran al ruedo de los conocimientos. Nuevos hallazgos desdicen o confirman descubrimientos anteriores; la base empírica en la cual descansa la ciencia siempre es renovable.
Los neanderthalensis, uno de nuestros parientes más cercanos, son objeto continuo de esta dimensión investigativa, por la constatada presencia de sus restos en toda Europa.
*Se refiere al Medio Oriente.
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Sin detener el corazón

El desarrollo de la cirugía cardiovascular en Cuba cosecha frutos significativos. Numerosas instituciones asistenciales del país cuentan con este servicio y la aplicación de procederes conocidos y novedosos acumula una apreciable experiencia en este campo médico. Una muestra de esa evolución es la Sustitución valvular con el corazón latiendo, nueva técnica que se aplica con éxito.
Por Flor de Paz
Una singular técnica operatoria encaminada a la sustitución de las válvulas cardíacas aórtica y mitral por una prótesis mecánica, sin necesidad de parar el corazón para realizarla, se desarrolla desde hace varios años en el Cardiocentro del Hospital Clínico Quirúrgico Hermanos Ameijeiras.
La llamada Sustitución Valvular con el Corazón Latiendo se ha convertido en una práctica habitual dentro de la mencionada institución asistencial y es utilizada para la renovación funcional de estructuras valvulares cardíacas en pacientes que padecen de disfunción ventricular severa, (disminución de la fuerza de contracción) que implica un alto riesgo para la supervivencia.
Aún ante la presencia de diferentes grados de daño cardíaco, la cirugía ha resultado exitosa en la gran mayoría de los pacientes operados con este procedimiento. A estas personas solo les quedaba como única alternativa la de recibir un tratamiento farmacológico mientras esperaran la evolución natural de su enfermedad, y en algunos pacientes que tuvieran indicación médica, un trasplante de corazón, con una precaria calidad de vida que no superaría unos pocos años de existencia.
El proceder se basa en el uso paralelo de la máquina de circulación extracorpórea (sustituye la función cardíaca y respiratoria) durante la operación y en un determinado aporte de sangre oxigenada a temperatura normal como alimentación sanguínea al músculo cardíaco con el fin de que este no detenga su movimiento contráctil, explica el Profesor Luis A. Guevara González, especialista de Segundo Grado en Cirugía Cardiovascular y creador de esta técnica en nuestro país, quien por primera vez realizó esta intervención a un joven paciente con alto riesgo de mortalidad.
"Aquel primer caso, un muchacho de 31 años, decidimos operarlo por consenso del equipo médico de nuestro Cardiocentro y la aprobación del paciente y sus familiares. Salió muy bien de la intervención; en estos momentos hace una vida normal y su corazón ha recobrado la fuerza de contracción, aunque lógicamente se le mantiene un chequeo periódico y un tratamiento medicamentoso que disminuirá con el tiempo".
Según el experto, la idea surgió a partir de una operación anterior "a corazón latiendo" que él ejecutó junto a otro profesor, para el tratamiento de un padecimiento cardíaco diferente.
La aórtica y la mitral entre las más afectadas
Dentro del gran grupo de enfermedades cardiovasculares se encuentran las afecciones de las válvulas cardíacas. Ellas (tricúspide, pulmonar, mitral y aórtica) pueden sufrir estados infecciosos, inflamatorios, degenerativos o congénitos que les causan deterioro o alteraciones estructurales y funcionales.
La válvula aórtica es una de las que con mayor frecuencia resulta dañada. Su función es permitir la salida de la sangre oxigenada del ventrículo izquierdo hacia la arteria aorta para llevarla a todo el organismo, y cualquier defecto en su continua labor crea considerables trastornos. La válvula mitral regula el paso de la sangre oxigenada desde aurícula izquierda al ventrículo izquierdo proveniente del pulmón.
"Estas válvulas puede desarrollar una estenosis (estrechamiento de su área de salida, debido al desarrollo de fibrosis y calcificación en su estructura) o una insuficiencia (impide un buen cierre de la válvula y permite un retroceso de la sangre)", explica el Profesor Guevara González.
Ambas patologías provocan un significativo deterioro de la función del músculo cardíaco, que llega a perder su fuerza impulsora. El paciente empieza a manifestar los signos y síntomas de estas enfermedades valvulares como son mareos, dolores anginosos, falta de aire ante los esfuerzos, tos, pérdida del conocimiento, arritmias, etc. con gran riesgo de sufrir una muerte súbita.
"A veces el enfermo subvalora esos síntomas o recibe una orientación inadecuada y cuando llega al Servicio de Cirugía Cardiovascular ya no puede ser operado, o es extremadamente riesgoso hacerlo, debido al nivel a que ha disminuido la fuerza con que su corazón se contrae para impulsar la sangre; o sea, sufre de una disfunción severa del ventrículo izquierdo.
"Es en estos casos en los que hemos aplicado la técnica del Corazón latiendo para hacer la sustitución de las válvula aórtica y mitral. Esta técnica constituye una opción real, pues de otro modo, operar, implicaría un altísimo riesgo de muerte trans-operatoria al detener el corazón durante la intervención quirúrgica, como hacemos habitualmente".
Contra la corriente
Durante el procedimiento operatorio el paciente es conectado a la máquina de circulación extracorpórea, a la vez se impide que la sangre oxigenada siga el curso normal en su recorrido desde la aorta, a través de los ostium (orificios) coronarios hasta el músculo cardiaco. La sangre oxigenada, a temperatura normal, es administrada con el auxilio de una sonda de perfusión, en sentido contrario, por el seno coronario (estructura anatómica para la salida de sangre no oxigenada). De tal modo, esta sale por donde debiera entrar.
"El objetivo es mantener el movimiento cardíaco y a la vez detener el aporte sanguíneo al corazón por la arteria aorta para poder abrirla, observar la válvula dañada, resecarla e implantar la prótesis con la técnica habitual. Al finalizar este procedimiento, la arteria se sutura y vuelve a recibir normalmente sangre y el corazón no se detuvo en ningún momento", concluye el Doctor Luis Guevara González.
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El eminente investigador cubano Carlos Juan Finlay, nacido el 3 de diciembre de 1833 en la ciudad de Camagüey, reveló al mundo una nueva forma de trasmisión de las enfermedades
Por Flor de Paz
El doctor Carlos Juan Finlay Barrés es uno de los hombres que mayor servicio ha prestado a la humanidad. Con su brillante descubrimiento y la aplicación de sus principios epidemiológicos pudo ser erradicada en todo el mundo la mortífera fiebre amarilla urbana. Pero su obra científica es aún más trascendente.
Como creador de la teoría del vector biológico o el hallazgo de una nueva vía de trasmisión de las enfermedades, universalmente denominada doctrina finlaista, hizo posible despejar el sendero por donde transitan todas las patologías que requieren de "un agente, completamente independiente de la enfermedad y del paciente, para trasladar el mal de un afectado a un sano", tal como lo reveló por primer vez el propio Finlay en la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington.
Contaba el sabio en ese momento con 48 años de edad, y había dedicado ya más de dos décadas de su vida al estudio de la fiebre amarilla, desde su graduación en los Estados Unidos, en 1855.
Sin descanso, el científico se consagró al conocimiento de ciencias que le permitirían adentrarse en el fenómeno biológico de la fiebre amarilla. Se autopreparó en ramas del saber como la climatología y la entomología; estudió la entidad desde el punto de vista clínico, bacteriológico, anatomo-patológico y epidemiológico y halló los caminos que lo llevarían a la solución de dos grandes problemas presentes en la medicina de la época: el de concebir una nueva forma de trasmisión de las enfermedades y el de encontrar la manera de demostrarlo.
"Describe en detalle las partes del insecto, sus funciones, y apunta observaciones originales de alto valor... Nos da su historia y distribución geográfica y, ante todo dato que aporta, hace el razonamiento oportuno que lo lleva a su demostración final", escribe Cesar Rodríguez Expósito en la más conocida biografía de Finlay.
Así trabajó el sabio durante su larga existencia, que sobrepasó los ochenta años. La energía vital y talento inherentes a su personalidad no quedaron extinguidos ante el logro de la meta científica: durante una parte importante del final de su vida Finlay se dedicó a la organización de la sanidad pública en Cuba. Sobre la genialidad del incansable investigador y acerca de esta última etapa de su desempeño narra otro de sus historiadores:
"La laboriosidad del Dr. Finlay es pasmosa. En medio del trabajo constante de su profesión y de la producción frecuente de escritos sobre asuntos de Patología y de Terapéutica, en los que se adelanta generalmente a sus compatriotas, como puede verse en sus trabajos sobre la filaria y el cólera, encuentra tiempo por ejemplo, para descifrar un antiguo manuscrito en latín, haciendo acopio de datos en fuentes históricas, heráldicas y filológicas para comprobar que la Biblia en que aparece el escrito hubo de pertenecer al Emperador Carlos V en su retiro de Yuste, o trabaja en la resolución de problemas de ajedrez, de altas matemáticas o de filología; o elabora complicadas y originales teorías sobre el Cosmos en las que figuran hipótesis atrevidas sobre las propiedades de las substancias coloideas y el movimiento en espiral. Más recientemente, en medio de la labor mecánica y cansada de una gran oficina del Estado, y cumplidos ya los setenta años, se familiariza, hasta conocer a fondo toda la doctrina de la inmunidad y las teorías de Metchnikoff, Ehrlich, Muchner, presentando su propia concepción del intrincado problema".
La fiebre amarilla y el Aedes aegypti
Finlay había visto con claridad que el fenómeno de la trasmisión de esta enfermedad requería de la presencia de tres factores: una persona susceptible, un enfermo en el período en el que el virus circula en la sangre y un elemento biológico que llevara el microorganismo del enfermo al sano, después de haber hecho un recorrido en el cuerpo del vector.
Eso no lo había dicho nadie antes. Su hallazgo no se reduce a la identificación de un mosquito que pica y enferma, sino a la revelación de una teoría. El científico parte de los mencionados principios y estudia 600 variedades de mosquitos para llegar a conocer cuál era el trasmisor urbano de la difundida fiebre amarilla y es así como arriba a la conclusión de que solo la hembra del Aedes aegypti era capaz de explicar toda la historia natural de la enfermedad.
Otra de las genialidades de Finlay es haberse dado cuenta de que cuando el mosquito pica extrae un elemento vivo, aunque todavía en ese momento desconocía si se trataba de una bacteria, un protozuario o un virus.
También advirtió que si una persona es picada a los cuatro días de que el insecto chupó sangre enferma, la fiebre amarilla se presenta en una forma leve, pero que si pasa más tiempo la forma es grave, porque va adquiriendo más virulencia.
Finlay, para llegar a su hallazgo, utilizó el método investigativo de ensayo y error, evaluando todas las ideas e hipótesis de su tiempo. Esta elaboración, puramente intelectual, consistió en soslayar el desconocimiento que se tenía del origen o causa de la fiebre amarilla y enlazar los conceptos contagionista y anticontagionista y de enfermo infeccioso y sano susceptible, con la vieja observación de la presencia de insectos durante las epidemias de fiebre amarilla.
Fue un largo proceso que tuvo uno de sus momentos cumbre cuando Finlay hace la exposición completa de su teoría ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en agosto de 1881, mediante el conocido trabajo científico El mosquito hipotéticamente considerado como agente trasmisor de la fiebre amarilla. Allí el investigador muestra una doctrina, con evidencias prácticas implícitas en un grupo de 51 inoculaciones experimentales, perfectamente estudiadas y protocolizadas. Pero aún tendrían que transcurrir otros veinte años para que la confirmación y puesta en práctica de sus principios epidemiológicos hicieran posible la eliminación de la fiebre amarilla en Cuba.
La mortalidad por esta enfermedad fue llevada a cero en el transcurso de los dos años siguientes al 1902 con la erradicación del Aedes aegypti. En 1905, reapareció con 22 defunciones, "pero esta vez la salud pública cubana, bajo la dirección del doctor Finlay, la eliminó definitivamente del país a partir de 1908".*
La cimiente es sembrada por Finlay
Este hombre de ciencias, que en los inicios del siglo XX contaba con alrededor de 70 años de edad, no sólo pudo ver realizado el objetivo al que había dedicado la mayor parte de su existencia, sino que fue denominado en mayo de 1902 como jefe nacional de Sanidad y del Departamento de Sanidad Municipal de La Habana, cargos que desempeñó hasta 1909.
Como auténtico conocedor de las grandes vulnerabilidades a que se exponía la vida y la salud de sus contemporáneos, una de las primeras decisiones que toma es la de cambiar el nombre de la Comisión de Fiebre Amarilla, que él presidía hasta ese momento, por el de Enfermedades Infecciosas, para ampliar así sus funciones al estudio de otras afecciones trasmisibles. Al frente del grupo nombra al doctor Juan Guiteras.
Del mismo modo tomó enérgicas medidas contra la tuberculosis, la fiebre tifoidea puerperal, el paludismo, escarlatina, lepra y cólera. En ese contexto también fue fundado el Dispensario Furbuch y se inició la obra del sanatorio La Esperanza.
Finlay creó las bases de la escuela cubana de higienistas de principios de siglo, que consiguió el alto logro de que posteriormente se elevara a categoría ministerial la organización de salud pública en Cuba.
domingo, 10 de octubre de 2010
Descubren en Atapuerca restos fósiles de un anciano discapacitado
La Pelvis 1 de la Sima de los Huesos (en amarillo) es la pelvis humana más completa de todo el registro fósil mundial. Su gran tamaño comparado con la pelvis de un hombre actual (en verde), nos da una idea de la corpulencia que tenía este antepasado de los neandertales.
Por Flor de Paz. Imágenes: EIA (Equipo de Investigación de Atapuerca)
Hace más de medio millón de años vivió en Atapuerca un anciano que sufrió cierto grado de minusvalía locomotriz, causada por importantes enfermedades degenerativas que le aquejaron mucho tiempo antes de morir, con más de 45 años de edad.
A esta conclusión llegó un grupo de paleontólogos del Equipo de Investigación de Atapuerca (EIA), que estudió un esqueleto fósil parcial de un corpulento varón, antepasado de los neandertales, publica hoy on line la revista científica PNAS.
Una nota de la Fundación Atapuerca añade que el equipo científico* recuperó los restos fósiles de este individuo durante cinco intensas campañas de excavación en la Sima de los Huesos (pequeña cavidad situada a más de 30 metros de profundidad en el interior de la Sierra). “Desde entonces, el trabajo en el laboratorio ha permitido reconstruir y asociar a esta pelvis su columna lumbar”.
El texto revela asimismo que este anciano discapacitado, antepasado de los neandertales, tuvo que haber necesitado de una atención especial para poder sobrevivir, pues las enfermedades que padecía “tuvieron seguramente manifestaciones posturales y dolorosas en las zonas lumbar y pélvica que le obligarían a adoptar una posición encorvada y, quizás, a usar un báculo para mantenerse erguido. Por ello, este individuo probablemente estaría impedido para cazar, entre otras actividades.
Pero la investigación científica no se restringió solo a este individuo patológico. “El equipo ha encontrado también en la Sima de los Huesos los restos de otras personas que no tenían deformidades en la columna vertebral ni en la pelvis. Gracias a ellos, los científicos han descubierto que esta población, al igual que los neandertales, poseía una columna vertebral con curvaturas menos marcadas que las que recorren nuestras espaldas. Es más, la forma característica de sus vértebras y su pelvis demuestra que sus cuerpos estaban diseñados, como los nuestros, para minimizar el gasto de energía necesario para mantenerse perfectamente erguidos”.
En las entrañas de la Sierra de Atapuerca, han sido halladas la pelvis y la región lumbar de un anciano que vivió hace medio millón de años.
Otra hipótesis a la que arribaron los científicos al estudiar estos fósiles de la Sima de los Huesos apunta a que las mujeres de este grupo homínido “debieron sufrir alumbramientos difíciles, tal como ocurre con las Homo sapiens.
Para arribar a esta conclusión, “los científicos compararon el conducto pélvico del anciano de la Sima de los Huesos, con el de otras pelvis humanas fósiles de sexo femenino encontradas en otros yacimientos del mundo. Los resultados publicados señalan que las diferencias entre los sexos de los individuos fósiles se asemejan a aquellas encontradas entre los hombres y las mujeres actuales.
“En nuestra especie, la pelvis presenta un diseño adaptado a una postura erguida y una locomoción bípeda. Tales adaptaciones ´compiten´ en las mujeres con la necesidad de dar a luz. Estas circunstancias, junto con el elevado tamaño encefálico de los recién nacidos, convierten el parto en un proceso complicado en nuestra especie. En consecuencia, la forma del conducto pélvico de las mujeres presenta modificaciones que habilitan el paso del feto a término en el momento del alumbramiento”.
* Los autores de este estudio pertenecen a las siguientes instituciones: Centro mixto Universidad Complutense de Madrid-Instituto de Salud Carlos III de evolución y comportamiento humanos, la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Cambridge, la Universidad de Burgos, la Universidad de Alcalá de Henares, el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social y el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana.
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sábado, 28 de agosto de 2010
Genialidad silenciosa

Casi nueve años han transcurrido desde la desaparición física de Manuel Rivero de la Calle, entre los más eminentes científicos de la ciencia contemporánea cubana. Sus aportes a la antropología y paleontología tienen alcance universal
Por Flor de Paz
El rostro afable, como detenido en la perdurabilidad del tiempo, revela aún esa mezcla de sencillez y tenacidad que caracterizaron al Doctor en Ciencias Naturales Manuel Fermín Rivero de la Calle, considerado el más íntegro antropólogo cubano, al haber sido capaz de abarcar, desde su persistente labor investigativa, diversos campos de esta ciencia.
Entre los más sobresalientes de América Latina y del mundo por el significado que para la humanidad tienen sus descubrimientos, este hombre de ciencias tuvo la capacidad de trabajar indistintamente la antropología del ser vivo y la del esqueleto, combinación poco frecuente entre especialistas consagrados a esta disciplina.
Así, durante toda su existencia, no puso límites dentro del ámbito de sus investigaciones continuas e inagotables. El antropólogo que era, casi por naturaleza propia, no bastaba a la insaciable búsqueda de conocimientos del experto, motivo que le hizo incursionar profundamente en la Paleontología y en la Arqueología. Así, fue capaz de acometer trabajos tan disímiles como la caracterización de la población cubana prehispánica y contemporánea; el descubrimiento cinco especies fósiles que se distinguen científicamente avaladas por su nombre -incluida una nueva de primates de las Antillas aparecida en Cuba- y el hallazgo de pictografías en cuevas de la Isla.
Como complemento indisoluble de su quehacer, esta intensa labor científica del doctor Rivero de la Calle siempre estuvo acompañada por la docencia. La vocación de enseñar le era innata y practicaba el magisterio no solo en las aulas, sino en cualquier momento y a quien lo solicitara.
Uno de sus más fieles discípulos, amigo y colega, el doctor en Ciencias Biológicas Antonio J. Martínez, actual director del Museo Antropológico Montané, evoca las virtudes de "uno de los escultores de su alma y de su trayectoria".
Testigo y heredero excepcional de la valía científica del prestigioso intelectual, el doctor Martínez considera como una de sus más altas responsabilidades saber aprovechar y aplicar de la manera más eficiente posible los conocimientos que adquirió al lado del doctor Rivero, así como ser capaz de trasmitirlos con la misma vehemencia que él lo hizo.
La población indígena cubana
Llegar a describir las particularidades físicas de la población prehispánica cubana es uno de los más importantes aportes del doctor Rivero.
Martínez refiere cómo un estudio completo de material óseo extraído de enterramientos pertenecientes a los grupos preagroalfareros (siboneyes) y a agroalfareros (taínos), le permitió llegar a esos resultados y a realizar, años después, una comparación morfológica entre la población indígena de nuestro país y las que habitaron en el resto de las Antillas.
"Posteriormente, el reconocido científico practicó similares estudios en restos óseos de la población cubana de principios y mediados del siglo XX.
"En ambos grupos indagó además sobre las patologías que con mayor frecuencia padecieron esos individuos. Asimismo, hizo diferenciaciones de acuerdo a particularidades genéticas y condiciones ambientales en que se desarrollaron, análisis que constituye una contribución indispensable a las actuales investigaciones que se realizan en el Museo Montané acerca del Genoma Humano y las llamadas razas.
Los resultados que suelen obtenerse de esas fuentes permiten contar con determinadas referencias del desarrollo físico del grupo analizado, de modo que el doctor Rivero marcó pautas de imprescindible consulta, a partir de las muestras de poblaciones cubanas investigadas. "O sea, que su obra no solamente trasciende a lo más clásico de la antropología, sino que llega a lo que llamamos la antropología molecular".
Igualmente, en el ámbito del trabajo osteológico, el renombrado experto -a través de sus tareas de identificación humana- hizo una notable contribución a la antropología forense, labor que fue reconocida en reiteradas ocasiones por el Instituto de Medicina Legal y por el Laboratorio Central de Criminalística.
Sin embargo, el individuo vivo no quedó fuera de la abarcadora sapiencia de este científico, y su Estudio preliminar del desarrollo físico de los niños preescolares de Ciudad de La Habana es uno de los primeros trabajos que se hicieron en Cuba sobre el tema en el último medio siglo, de manera que este también constituye un prominente punto de referencia para los investigadores.
Rescatar la historia
Las actas de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, fundada a finales del siglo XIX, un documento de obligada consulta para todos los interesados en esta ciencia, fue rescatado y publicado por el doctor Rivero de la Calle.
"Realizó búsquedas sobre los orígenes de la antropología en el país. Estudió la vida y la obra de Luis Montané, de Felipe Poey y de especialistas extranjeros que trabajaron en este campo durante la época colonial cubana.
Según el entrevistado, Rivero de la Calle fue también un avezado indagador de la historia de Cuba, además de contar con una gran formación cultural. "Era un científico con el que podía hablarse de artes plásticas, literatura, música y, sobre todo, de la obra de José Martí, el apóstol, que era una de sus devociones".
Descendientes y arte rupestre
Aunque hasta mediados del pasado siglo se pensó que en Cuba no existían descendientes de nuestros indígenas, en determinado momento se demostró lo contrario y a finales de la década del 60 el doctor Rivero aborda un estudio sobre un reducido grupo poblacional, descendiente de la raza indoamericana, todavía presente en el municipio oriental de Yateras.
Una intensa labor de visita y exploración de cuevas realizó el doctor Rivero desde que en 1949 se vinculó al doctor Antonio Núñez Jiménez y a la Sociedad Espeleológica de Cuba. Hizo descubrimientos muy significativos para la arqueología cubana. En 1961, por ejemplo, reportó nuevas pictografías (dibujos en las cuevas) en cavernas como la de Ambrosio y Farallón de Puerto Francés, ubicadas en Varadero. Estableció así una estrecha relación entre la arqueología y la antropología física, pues en el mismo escenario en que hallaba los restos óseos indígenas, descubrió las pictografías, conjunto que brinda una información más completa acerca de la vida de nuestros hombres prehispánicos.
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